Artículo originalmente publicado por la Fundación C.G.Jung el 26/11/2004

El descrédito de la astrología en la actualidad ha dejado sin apenas posibilidad de difusión pública a los que nos sentimos comprometidos con una visión y uso de la astrología que difiere de la del mundo de la predicción, la adivinación o la videncia.

Es de agradecer un espacio en el que poder reflexionar sobre esta apasionante disciplina con rigor al espíritu original de este milenario conocimiento.

Partiendo de las premisas desde las cuales apareció la configuración de la astrología en sus orígenes, revisaremos los fundamentos de esta disciplina. Es fundamental poder tener un enfoque riguroso de los objetivos primigenios de la astrología, desde el cual acercarse al mundo del símbolo, o si preferimos llamarlo así, al mundo de los dioses y arquetipos: Fieles al Telos o propósito astrológico inicial.

El ideal reflexivo, sería poder construir el tema natal de la propia astrología, del momento de su nacimiento como objeto de estudio, pudiendo entonces tal vez, interpretar su espíritu, en el objetivo de ser fidedignos a su intención y propósito.

Ante la imposibilidad de poder tener dicho tema natal vamos a intentar acercarnos a sus raíces: La astrología nace cuando el ser humano aun mantenía una relación de intimidad con su entorno, cuando el mito del héroe yoico no se había “colocado” aun en el primer plano de la conciencia humana y todavía era posible un tú, para un mundo animado (Ánima Mundi). Era un tiempo en el que a las estrellas se las percibía como entes con vida propia, como seres vivos autónomos y, por supuesto el ser humano era uno más de ese concierto vital.

Por aquel entonces el hombre no vivía escindido del cosmos que le rodeaba (lo que ahora muchos llamarían ser inconscientes o primitivos) y era portador de un saber íntimo que le revelaba que los ciclos celestes mantenían una relación sincrónica con los ciclos terrestres, o dicho de otra manera: Los ciclos en la tierra (y en los hijos de la tierra entre los cuales nos encontramos los humanos), eran el reflejo de los ciclos del cielo.

Partiendo del postulado hermético: “Tal como es arriba es abajo, tal como es dentro es fuera”, podemos pensar que la astrología explicaría: “Tal como es en el macrocosmos es en el microcosmos y viceversa”.

La dualidad inicial y mas evidente se manifiesta en la alternancia entre día y noche. Esta evidencia de la rotación de la tierra sobre sí misma nos facilita la primera experiencia de pares de contrarios: La alternancia entre luz y oscuridad, entre el reino del día, de la razón, de las realidades objetivas, de la exterioridad y el reino de la noche, de los sueños, de la interioridad, de la imaginación, del flujo de la vida no sujeto a la voluntad diurna y por lo tanto de las imágenes y de su fuente: La Psique.

La astrología está ligada mucho más íntimamente con el reino de la noche, del saber esotérico, que con el reino del día, del saber exotérico (al cual pertenece el saber científico y entre otros la astronomía).

La astrología es una disciplina simbólica que no describe hechos y realidades cuantificables. Por supuesto, su fin no es la predicción o descripción de hechos y acontecimientos externos. La finalidad de esta disciplina es el estudio de los símbolos como imágenes vivas de la psique . El estudio de estas imágenes permiten encontrar una correlación entre vivencias internas o acontecimientos externos de una vida, con imágenes o mitos del inconsciente colectivo. Esta interpretación simbólica está sostenida por tanto, en imágenes arquetípicas, o dicho de otro modo: Cumplen con la misión de retornar los hechos y acontecimientos externos al Dios al cual pertenecen, a sus raíces imaginales.

A estas imágenes no solo le prestó atención la astrología, sino también la poesía, el arte, la mitología, las religiones y sus dioses, la psicología analítica y el saber gnóstico. Desde la premisa teórica que desarrolla C.G.Jung con su concepto de Inconsciente Colectivo y su técnica de la “Amplificación” entendemos que el astrólogo, cuando contemplaba el sol, no estaba tan solo ante una literal bola de gas incandescente, sino que estaba ante un cuerpo de naturaleza “divina”, dotado de alma, (más tarde lo relacionó en la mitología griega con un dios llamado Apolo), del mismo modo que para cualquier persona con sensibilidad musical, cuando oye una pieza de Bethoveen lo que experimenta no son masas de aire que vibran, sino una excelsa obra de arte.

Siguiendo con la analogía que antes comenzamos entre los ciclos terrestres y celestes, podemos observar claramente, que el día se divide en cuatro partes fundamentales; alba, medio día, ocaso y media noche . Podemos encontrar en esta experiencia sus correspondencias simbólicas con las cuatro etapas de la vida, infancia, juventud, madurez y vejez. Las etapas del día, de predominio de la luz, corresponderían a las de la consolidación y reinado del yo diurno (juventud y madurez) y las etapas del día de predominio de la oscuridad corresponderían a las del reinado del mundo imaginal e interno (infancia y vejez).

En experiencia de sincronicidad (Sincronicidad : concepto acuñado por C.G Jung. que explica la correlación de significado de dos acontecimientos acausales) el proceso anímico en estas dos etapas tiene un significado común : La infancia nos lleva a sumergirnos en el exterior . La vejez nos sumerge ” obligatoriamente” en el límite del cuerpo a una experiencia de pérdida de la agudeza de los cinco sentidos. En el final de la vida,lo importante ya no está en la percepción de una realidad exterior, sino en la disolución o el retorno de los hechos de la vida a sus contenedores imaginales, al descubrimiento de un cosmos igual de inconmensurable que lo fue el exterior, en la infancia, pero esta vez en el interior. La analogía del alba y el ocaso.

Si nos acercamos a la vida tal y como la comprende el saber astrológico, o sea como un ciclo; un círculo y no una línea recta (tal como la ve el ego), podemos ver como la psique es el rizoma y el fin de la vida humana. Así podemos ver el nacimiento humano y la construcción de la estructura yoica como la ola que surge del mar y la vejez como la ola regresando a su matriz, proceso a la vez análogo a mitos como el de la Caída y el Regreso al Paraíso perdido.

Una de las misiones de la astrología es devolver lo que la conciencia cree hechos “azarosos” de su existencia a sus raíces imaginales, a sus dioses, conectar los avatares de la existencia individual humana con sus raíces en el inframundo.

Solemos preguntarnos por las causas de nuestras alegrías y sobretodo por los motivos de nuestros sufrimientos. La misión rigurosa del astrólogo es transformar los porqués de la vida en para-ques . Dicho de otra forma: Conectar lo que llamamos los hechos con sus significados y propósitos y por lo tanto con el significado para nuestra alma.

El yo cree, muchas veces, que los hechos están desconectados de sus significados, de la misma forma que mantiene la ilusión de estar separado del universo. Todo lo que no entra dentro del campo acotado de sus límites es un gran tu inanimado, un gran objeto externo.

Los astrólogos deberíamos esforzarnos en no leer al yo del consultante (contar lo que se espera oír o hablar de hechos pasados o futuros), sino al alma (o psique) del consultante y para ello cuenta con la única herramienta válida; el símbolo.

La tarea consiste en poder entender que entre “yo” y lo que llamamos: “hechos de mi vida”, hay una relación con significado, que es lo mismo que decir que entre yo y el Cosmos hay una relación con significado.

El yo se limita a dividir los hechos de la vida en agradables o desagradables, buenos y malos, y nos podríamos preguntar cuantas veces lo que hemos llamado épocas “malas” las hemos acabado por agradecer.

Hemos descubierto que la vida a través del encuentro con el plomo (para trazar una analogía entre la astrología y la alquimia) nos ha colocado en un camino que difería del camino que nuestra voluntad diurna creía que era el camino, y viceversa. ¿Cuantas veces lo que hemos llamado bueno (muchas de las veces que nos las hemos ingeniado para salirnos con nuestra voluntad) acabamos experimentándolo quizás como no tan “bueno”?. Por lo tanto el astrólogo, o mejor dicho la astrología no le habla al ego y su voluntad, le habla al alma y sus propósitos.

La astrología nos invita a un viaje desde Apolo, dios del sol, del día, de lo seco, la razón, lo separado, lo empírico, etc, a Dionisos; el regreso a las imágenes, a la psique, a la diversidad, a la imaginación. Por algo será que durante el día reina un solo dios, el astro Rey; Apolo, el único al que se le permite brillar y ser, pero la noche tiene la habilidad y flexibilidad para admitir la diversidad y multiplicidad de estrellas sin ningún tipo de conflicto de poder o hegemonía.

En el nacimiento de la astrología se hablaba de Cosmos, no de universo. El Cosmos es politeísta ya que el término se refiere a una dimensión donde convive en armonía la diversidad. Los nombres de los planetas están asociados analógicamente a la cosmología politeísta griega. Por otro lado, el concepto de Universo adquiere relevancia, de forma sincrónistica, con la aparición de las grandes religiones monoteístas y la hegemonía de un solo Dios redentor y salvador.

Cuando utilizamos la astrología para adivinar o para saber si nos va a ir bien en tal relación o para saber si debo invertir en tal negocio o no, en definitiva para que el yo diurno saque provecho de ella, la utilizamos en términos yoicos, no de Psique; y por lo tanto en términos de Universo, no de Cosmos.

Universo como Uno, como una sola verdad. Un único interés que reprime la diversidad de intereses que conviven en cada uno de nosotros.

Una voluntad yoica que cree vivir separada de una voluntad cósmica. Podemos adivinar en esta actitud, una falta de fe ante otra voluntad que difiera de la suya. Nos acercamos al Cosmos para sacarle provecho y para que se adapte a nuestra voluntad; en un estilo muy parecido al que Hércules empleó al bajar al Hades: Bajó a conquistar.

Cuando utilizamos la astrología para ver como puede funcionar una relación con una persona que acabamos de conocer: Cuales son sus puntos flacos etc, la astrología empieza entonces a ser utilizada en función antagonista a su espíritu inicial: Devolvernos a la experiencia de unidad con el Cosmos.

Al dejar de ser un encuentro simbólico, la astrología empieza a ocupar entonces un lugar entre el “yo” y los demás, separa en lugar de unir. Es utilizada bajo una voluntad de control, de poder, como un mapa para protegerse del encuentro con un tu.

Un tema natal literaliza una imagen. Lo podríamos comparar con una foto tomada en un instante único de la existencia en la tierra (hora, día, año) y un lugar concreto del cuerpo de la Tierra (ciudad, pueblo, país). Esa imagen nos muestra la posición de los planetas del sistema solar vistos desde un instante determinado y desde un lugar concreto (latitud, longitud) de la tierra.

Oscar Adler en su maravilloso libro “Astrología como ciencia oculta” Ed.Kier, nos conecta con la imagen del hombre “hijo de la Tierra”. Explica, con una metáfora, la inseparabilidad del hombre y el Cosmos, del principio sincronístico entre el macrocosmos y el microcosmos:

“Partimos del hecho de que nuestro cuerpo está formado por millones de seres vivos llamados células. La conciencia total de las células está contenida en la conciencia del ser humano como unidad superior y por lo tanto el reemplazo de células muertas por otras que nacen no supone un desgarro en la conciencia del hombre. Por otro lado toda alteración de estado de ánimo en el hombre hallará una forma de manifestarse en la conciencia celular, bajo la forma de alteración oscuramente percibida de la vitalidad de las células, trátese de disminución o aumento de vitalidad, según el ser humano se sienta deprimido y eufórico. Cada célula nace en un espacio de nuestro cuerpo y en un determinado instante de nuestra existencia y su propósito vital está en función del propósito vital humano.
El hombre a su vez, no es más que una especie de célula dentro de un organismo superior, participando de la vida de este organismo en la misma forma en que la célula individual participa de la vida del organismo humano. ¿Dónde se encuentra este organismo del cual el ser humano no es más que una mínima célula?”.

La respuesta de Adler es que este organismo gigantesco, que contiene a la totalidad de los seres humanos, y con ello los pensamientos, sentimientos, estados de ánimo, experiencias, percepciones, en definitiva la totalidad de la vida física, psíquica y mental de todos los seres humanos, ese organismo gigantesco es la Tierra.

La Tierra es un inmenso ser viviente integrado no solo por el reino de la humanidad, sino de la animalidad, vegetalidad, mineralidad, etc.

¿Que mejor momento que el actual para recobrar la visión y conciencia de Ánima Mundi?. Como dice James Hillman :

Descubrimos el alma del mundo en la manifestación de sus síntomas, llámese polución, contaminación atmosférica o de los océanos, extinción de especies animales y vegetales, lluvia ácida, explotación de sus recursos el más significativo: el petróleo, etc. Es ahora cuando descubrimos que la Tierra es como un gran ser humano que requiere terapia (ser atendido, ser servido) y como bien sabía Jung el hombre occidental no deja a los dioses otro campo de manifestación que no sea el de los síntomas”.

Aquí tenemos la imagen de un gran yo monoteísta (el ser humano) que no deja lugar a otros dioses y por tanto está rodeado de objetos inanimados que están a “su servicio” El espíritu politeísta de la astrología nos habla de estar “habitados” por otras voluntades que aspiran a convivir en armonía con nuestra pequeña voluntad. La astrología no está al servicio de nuestros intereses yoicos, sino que nos invita a ser nosotros los que nos pongamos al servicio: En primer lugar de Gea, y solo a través de ella, al servicio de los demás dioses del gran Cosmos.

El saber astrológico brota de un conocimiento íntimo de la Tierra y sus ciclos: Así Aries corresponde al inicio de la primavera, a esa etapa del ciclo del sol a través de la eclíptica en la cual surge el impulso de la naturaleza a la exterioridad después de una etapa de frío y predominio de la noche sobre el día (otoño e invierno) y, lógicamente, el signo de Aries está dotado de sus mismas características: Impulso, heroicidad, energía, aventura, etc…, complementado con sus aspectos sombríos: Miedo a la inactividad, a la oscuridad (metafóricamente hablando), al fracaso, a la monotonía, impaciencia y miedo a lo que no crece ni cambia, etc. Este ejemplo muestra que el saber astrológico brota de un conocimiento íntimo, metafórico y por lo tanto analógico, que requiere de un contacto vivo en un entorno vivo.

La metáfora de Adler revela que al igual que lo que dota de significado último a la existencia de la célula es su servicio a lo humano, así cada célula nace en un lugar concreto de nuestro organismo y en un momento concreto de nuestra existencia, lo que otorga significado último al ser humano es su servicio a un organismo superior del cual es hijo; Gea y con ello al Cosmos.

Al igual que una planta o animal su no se preocupa de ser bueno o malo sino que se limita a ser él mismo, la astrología no contiene en si juicios morales (el astrólogo lógicamente sí) y su tarea, está también al servicio de lo que Jung llamó : El proceso de individuación.

Seguimos con Oscar Adler:

La Tierra no es a su vez más que una “célula” integrante de un organismo superior, juntamente con otras “células” semejantes a ella -los restantes planetas del sistema solar-, forma parte del sistema solar, del cosmos solar, del cual reciben ley y sentido de vida todos los planetas con sus satélites. Una imagen de ello es que a todos los planetas con sus satélites.

Si seguimos adelante, los millones de mundos solares de “allá fuera” integran, a su vez, un ser superior y es así que todos somos miembros de un organismo inconmensurable, del Cosmos, o si se prefiere de “Dios” que está dentro de nosotros en la misma medida en que nosotros estamos dentro de él.
De ahí la visión de que cuando un ser humano nace en esta Tierra en un determinado momento y lugar, cuando la tierra lo da a luz, el hombre llevará dentro de si, como ley de su futura vida individual, la idea que en aquel momento pensaría la tierra en diálogo con el cosmos y que tal idea será la tónica de su vida, la ley por la que naciera”.

Así pues, la astrología es un arte y cada interpretación astrológica un acto creativo, espontáneo. Tan creativo y espontáneo como ese instante único y vivo en el cual cada uno nace y que se explicita en lo que el astrólogo llama tema natal.

Un mismo astrólogo en diferentes instantes de su vida y de la vida de un consultante, no creará la misma interpretación, de la misma forma que tres buenos astrólogos no crearán la misma interpretación de un tema natal.

Lo fundamental es que si son tres buenos astrólogos el cliente participará de tres buenas interpretaciones, de la misma forma que tres buenos fotógrafos no sacarán las mismas fotos de la Sagrada Familia aunque todas sea de la Sagrada Familia. Lo que sugiero es que la astrología es una disciplina creativa, en donde si no hay capacidad imaginativa no hay interpretación. Un ordenador no puede interpretar una carta, solo puede dar información, ya que no existe un tránsito de Saturno a la Luna natal separado del resto de la carta o del resto de tránsitos que se dan en un mismo periodo, o no hay solo un Sol en casa 1, sino que el tema natal es un organismo vivo donde no hay partes sueltas y separadas, es un todo interrelacionado.

La astrología no es una ciencia donde diferentes individuos con el mismo método llegan a un mismo resultado.

En la astrología no hay una realidad exterior que no sea experimentada como vivencia interna, no hay objeto sin sujeto o visto desde otro ángulo; a la astrología no le interesa un saber del Cosmos desde el Sol, sino desde la Tierra (y su satélite la Luna), ya que esa es nuestra colocación ante la realidad, esta es nuestra rica subjetividad. Esto es lo que solo nos posibilita ser dentro del arquetipo de lo Humano. Por eso la astrología es Geocéntrica y no Heliocéntrica.

Por otra parte y volviendo a los juicios morales (sujetos a la época, educación, valores sociales, familiares, etc) ¿Cómo vamos a presuponer que hay instantes buenos o instantes malos? ¿Qué en nosotros se resiste a dejar ser a ese instante único y vivo que es un tema natal, a ese pensamiento de la Tierra, cuando calificamos un aspecto de nuestra carta o una posición planetaria como mala y negativa o buena y positiva? ¿Mala y negativa para quien? ¿Quién habla en uno cuando habla de bueno o malo y desde que prejuicios? Este es otro saber que nos puede aportar la astrología, el saber de nuestros prejuicios inconscientes.

La astrología está hermanada con la alquimia desde sus inicios y cometeríamos la torpeza de simplificar, si creyésemos que los que llamamos aspectos difíciles, como por ejemplo una conjunción entre la diosa Venus y el dios Saturno (Cronos), está para ser cambiada, para que alguien se esfuerce en “superarla” ¿Cómo vamos a cambiar nosotros a un dios? Más bien el dios aparece para “cambiarnos” a nosotros, al igual que los síntomas.

¿Quien en uno no deja ser a un dios? Porqué precisamente ese es el que está sujeto a cambio, y no el dios. Lo sujeto a cambio es nuestra valoración sobre él. Pensar en “superar” un dios, cambiarlo, sería tan absurdo como pensar que el plomo alquímico está para ser cambiado en oro, creyendo que el alquimista tan solo hablaba de procesos externos. El plomo es perfecto en sí mismo, es perfecto siendo él mismo, y quizás la pregunta es ¿Qué proceso de transformación interna y no externa, ha tenido lugar para que el alquimista, pueda acabar encontrando oro (lo perfecto y completo en sí mismo) en el plomo? Evidentemente el alquimista que estaba desde el principio del largo proceso alquímico y que valoraba el plomo como algo a cambiar o superar, no es el mismo alquimista que contempla el oro del plomo .Recordemos que Saturno está asociado, hablando astrológicamente al plomo como metal. Es nombrado entre otras cosas el Señor del Plomo.

Dejando de lado la conexión simbólica del plomo con lo instintivo en el ser humano, con nuestra animalidad, creo que también podemos contemplar el simbolismo del plomo como todo lo que entra en la esfera de lo que se opone a nuestra voluntad, a nuestro monoteísmo: Lo que nos limita, y por lo tanto lo que está posibilitando el descubrimiento de lo que en nosotros opone resistencia. Como dice Hillman . “Es el Puer el que en nosotros busca crecer, cambiar, y por lo tanto teme lo que no crece, lo incambiable, lo que es esencial, la Materia Prima”. Lo cambiable, transformable, es mi voluntad yoica, lo que me limita y a la vez contiene.

Lo que nos limita, a la vez, contiene el Oro de estar creando nuestro destino. Nos coloca en nuestro lugar en relación con el Cosmos del cual formamos parte; pero para ello algo en uno se ha de rendir, entregar y servir. Por algo, Saturno es el planeta que limita el sistema solar visible desde la tierra, es el último planeta que podemos ver sin necesidad de telescopio. El límite que separa lo visible de lo invisible (para el humano), el micro-cosmos del macro-cosmos, al igual que la Luna es el cuerpo celeste más próximo a nosotros, el límite interior a través de cuyo filtro está contenida nuestra relación con el Cosmos. Podríamos hablar a partir de ahí, de la relación entre Saturno y la Luna (los dos límites interno y externo de la personalidad), pero entraríamos en otros temas de lo psíquico.

Solo aceptando a Saturno, al Plomo, podemos aceptar nuestra tarea versus lo invisible. Desde esta visión ya no podemos considerarlo como “malo”, sino como el que posibilita la aceptación de uno mismo, de nuestra pertenencia a la Tierra y a la par de nuestro destino en relación al Cosmos. Aceptándolo verdaderamente podemos empezar a amar una de sus cualidades más evidentes: Paz-ciencia; la ciencia de la paz (la aceptación), en contraste con la im-paciencia, cualidad pueril por excelencia.

La astrología también nos habla de una necesaria transformación, (para el ego puede suponer derrota), como única posibilidad de descubrir el sentido de nuestra vida en relación a la gran Sinfonía Cósmica de la cual tan solo somos una nota. Si seguimos la percepción pitagórica del Cosmos y la genial imagen de la Música de las Esferas tan conectada a las raíces del saber astrológico.

Seguimos empeñados (y me incluyo el primero en la aparición del más mínimo lapsus) en hablar en términos de “mi carta o mi tema natal”, como si fuese una posesión nuestra, de la misma forma que decimos “mis pensamientos, mis sentimientos”. El tema natal no es “mío”, esa cualidad de un instante vivo, del cual soy hijo, ese pensamiento de la Tierra, se puede compartir con muchos insospechados hermanos: Plantas, insectos, animales y quizás algún otro ser humano que hayan dado a luz bajo el mismo instante de la tierra que nosotros, en un radio no muy lejano al de nuestro nacimiento.

El individuo único que somos, lo somos nos guste o no, depende de lo que hagamos con esa singularidad que no escogimos (al menos conscientemente). Depende de nosotros servir conscientemente o solo mediante los síntomas, a los dioses de los cuales somos hijos, al igual que Jonás.

Los hechos de nuestras vidas no tenemos más remedio que vivirlos y no se trata de “jugar” a predecirlos (dejemos trabajo para las compañías de seguros), quizás una de nuestras grandes tareas es descubrir el significado, el propósito de esos hechos, no solo limitarnos a vivirlos. Tenemos la posibilidad de experimentarlos como portadores de un significado que no nos pertenece, lo que equivale a vivir en un Cosmos que no es meramente un conjunto de leyes mecánicas y físicas sino un organismo vivo, portador de significado, de una voluntad y propósito propio del cual formamos parte.

De la misma manera que no podemos escoger los sueños que vamos a tener antes de acostarnos, existe una realidad psíquica que no es responsabilidad yoica. Tampoco elegimos muchas veces los estados anímicos, sentimientos, anhelos, pasiones y odios, que se presentan en nuestra vida diurna ; pero algunos de ellos regresarán una y otra vez, con diferentes vestiduras externas pidiendo ser entendidos. Atenderlos y reconocerlos dependerá, tan solo en parte, de nosotros. No escogemos las ideas ni los pensamientos que surgen en nuestra vida; pero depende de nosotros reconocer o no a los ángeles que los han hecho descender hasta nosotros y averiguar su propósito.

Evidentemente ante la misma disyuntiva nos encontramos ante un tema natal. Nadie ha elegido conscientemente el momento y lugar de su nacimiento, su país, familia, el momento histórico, su cuerpo, etc, pero lo que un astrólogo nunca podrá saber al ver un tema natal de una persona desconocida es si ésta está sirviendo a su singularidad y con ello al Cosmos o si está viviendo de espaldas a él.