“Tan solo detente por un minuto y te darás cuenta de que eres feliz solo siendo. Creo que es la búsqueda lo que estropea la felicidad. Si abandonamos la búsqueda, está aquí mismo”. “Duelo significa perder lo que fue. Queremos cambiar pero no queremos perder. Sin tiempo para el duelo, no tenemos tiempo para el alma”.  J.Hillman

El Yoga nos permite darnos tiempo para el alma, para integrar y profundizar en las experiencias vitales y permitirnos elaborar interiormente nuestra vida, dejar atrás etapas y actitudes caducas y abrirnos al presente como semilla del futuro. Para ello primero debemos aprender a estar presentes en el cuerpo y sus ritmos, en la respiración y a la par iremos estando presentes en nuestra realidad anímica e interior.

Nos pasamos media vida “robándole” tiempo al alma, sin permitirnos el tiempo necesario para descubrir nuestra realidad interior, y todo por nuestra fantasía de creer así ser más eficientes en la realidad exterior. La práctica del yoga es el regalo que podemos hacernos para compensar semejante expoliación, y descubrir que cuando creíamos ser responsables respecto a las demandas del mundo externo, estábamos siendo totalmente inconscientes de la única responsabilidad que tenemos: la de ser nosotros mismos, como condición indispensable para “servir” al Mundo.

¿Qué entendemos por hogar?

Si lo enfocamos literalmente, al decir hogar nos referimos a cuatro paredes, a un conjunto de piedras o a lo que llamamos papá, mamá, hijos, esposo, esposa, etc, o sea cosas físicas o personas físicas que siempre son externas a nosotros. Pero si nos mantenemos fieles al espíritu del Yoga tendríamos que hablar de hogar interno, el cual, es la base de nuestra estabilidad emocional, física y espiritual. Alude a nuestra necesidad de raíces, a nuestra necesidad de confianza en la vida y por lo tanto en la Psique (alma).

Este reencuentro con nuestro hogar interno es análogo a nuestra conexión con las raíces internas, con nuestra capacidad de crear hogar, de generar calor e intimidad, lo que nos posibilita podernos sentir en todas partes como en casa aun estando a miles de kilómetros del hogar literal.
Estar en contacto con nuestro hogar interno equivale a sentirnos arraigados a la fuente de la vida, a los sentimientos, a los estados anímicos, a la raíz de nuestra imaginación, y por lo tanto, con todo el fluir de vida que se genera en nuestro interior y que no depende de nuestra voluntad yoica.

Si somos honestos con nuestra naturaleza humana, podemos constatar que no sentimos lo que queremos sentir sino lo que el alma nos invita a sentir, no discurrimos por los estados anímicos que nosotros escogemos, más bien podríamos decir que los estados anímicos nos escogen a nosotros, del mismo modo que no soñamos con lo que decidimos soñar sino que el sueño posee su propia voluntad.

Del mismo modo podríamos decir que no amamos, odiamos, tememos, anhelamos, nos entusiasmamos, nos alegramos o entristecemos, nos enamoramos, etc según decide la voluntad del ego. Por ello, nuestra vida deviene destino al nutrirse de su matriz y hogar anímico, que aun habitando en nuestra interioridad es fuente de toda vivencia exterior.

Precisamente por su cualidad involuntaria y no programable, ni sujeta a la compulsiva necesidad de control de la vida y las circunstancias que nos impone el ego, abrirnos al alma, a nuestro íntimo hogar, equivale a desarrollar humildad, fe y confianza. Esta fe en la voluntad del alma es lo único que nos posibilita descansar sobre los substratos intemporales e infinitos donde se sustenta nuestra vida.

Una reflexión sobre la conexión entre Yoga, y espiritualidad.

Mientras no redescubrimos este hogar interno, y por lo tanto no confiamos en ninguna clase de estabilidad anímica interior, nos vemos en la necesidad compulsiva de buscarla fuera, en un hogar literal desconectado de su profundidad simbólica.

El problema, o la suerte, es que nada exterior; llámese personas finitas (hijos, padres, hermanos, esposa o marido, amantes, amigos, etc), ni objetos finitos (casas, cuenta bancaria, compañía de seguros) nos pueden proporcionar este hogar y estabilidad interna y nos seguimos sintiendo exiliados de nosotros mismos y de la Vida.
Por otro lado, este mismo exceso de dependencia exterior genera que busquemos escapar del consiguiente vacío a través de los apegos a lo único que nos parece confiable: la realidad externa. Los apegos a esta “ilusión” de seguridad en la llamada realidad exterior se manifiestan en síntomas como la envidia, la avaricia, los celos, los lazos afectivos basados en la dependencia y por lo tanto destructivos, etc, y a la vez en toda clase de síntomas físico-psíquicos.

Hablamos de redescubrir, ya que en el alma descansa el origen (original) y la fuente de nuestra naturaleza esencial; es de donde venimos y hacia donde regresamos. En nuestro nacimiento y durante parte de la infancia aun estábamos arraigados a ella. Fisiológicamente nuestra respiración era fluida y espontánea, nuestra columna (centro y guía de nuestra fisiología) se encontraba en su estado natural de ser; recta y a la vez flexible.
Psicológicamente el apego estaba enfatizado en dirección al alma y a su naturaleza imaginal más que ha lo que llamamos como adultos la realidad de hechos y circunstancias externas (el Maya). Nuestro saber era inherente a la vida y creativo, manteniendo la capacidad de sorprendernos y conmovernos con las maravillas de la vida, permaneciendo aun desapegados de nuestro intelecto racional.
Es por ello que hablamos de un reencuentro, ya que el regreso al alma, al hogar interior, no alude a algo extraño o tan solo exterior a nosotros: es, y ha sido nuestro origen y nuestra meta y por ello sigue palpitando en nuestro ser interior.

De esta forma somos fieles al espíritu del Yoga, que etimológicamente significa unión, (puente, lazo); dando cabida al anhelo de regreso a nuestro hogar (interno y externo) que es el Cosmos y del cual no estamos separados. Redescubriendo nuestra unidad e intimidad con todo lo existente, y sobretodo confiando en el alma; requisito indispensable para recuperar nuestra fe en la Vida y en el sentimiento de intimidad con el Cosmos.

Es por ello que el Yoga (unión) tiene una raíz religiosa (re-ligar, unir), pero a la vez disuelve las fronteras dogmáticas de toda religión externa y nos conecta con un sentido religioso íntimo, al cual solo llegamos a través del ahondamiento en la propia realidad anímica.
Este reencuentro con nuestro hogar interno es a la vez un reencuentro con el mundo como hogar. En este profundizar y ahondar anímicamente en la experiencia vital personal nos abrimos a la experiencia vital impersonal y colectiva.

Alma, materia y espíritu

Mediante la practica de la meditación nos abrimos a esta experiencia de fusión entre lo personal y lo colectivo, experimentamos esta experiencia de unidad que permite abrir en nosotros esa dimensión interior que no sabe de fronteras y si sabe de un hogar común.

El alma es el lazo de unión entre nuestra realidad terrenal y nuestra realidad celestial, lo que nos posibilita unir espíritu y materia, y no vivir una espiritualidad desencarnada, escindida de nuestra realidad personal, de nuestro cuerpo, de nuestro trabajo, de la sexualidad, de lo que llamamos dinero, etc. Podríamos preguntarnos ¿Qué experiencia terrenal no contiene un germen espiritual?
Quizás no hay cosas y esferas de la vida espirituales y otras meramente materiales, más bien lo que vuelve distintas experiencias como espirituales o materiales es nuestra manera de relacionarnos con ellas. La espiritualidad está en nuestra mirada, en nuestra colocación ante la vida y no en una clasificación de cosas materiales y cosas espirituales, en una escisión entre espíritu y materia.

Es por ello que el Yoga trabaja con una matriz que es el cuerpo (la naturaleza); no aspira al espíritu para trascender al cuerpo o a lo que llamamos material: más bien a través de esta matriz y profundizando en ella, transmuta lo denso y pesado en sutil y etéreo. Es un trabajo paralelo al trabajo alquímico (la trasmutación del plomo en oro).

El Yoga no debiera ser un camino hacia la tan común hoy en día espiritualidad desencarnada y conectada al esfuerzo heroico de lucha, conquista, represión y moralismo superficial en relación a la condición de vulnerabilidad de nuestra naturaleza humana. El proceso de transmutación se manifiesta mediante la aceptación, integración y profundización de las áreas de nuestro ser en las que se pone de manifiesto nuestra vulnerabilidad física, psíquica y/o espiritual. Todo ello no tanto para trascender nuestra vulnerabilidad, sino para ser gradualmente transformados por ella.

¿Nos acercamos al Yoga para superar nuestros síntomas y crisis o para ser transformados por ellos?

Por mi experiencia como profesor de yoga y sobretodo como practicante, puedo constatar que en la mayoría de los casos sentimos un primer llamado al Yoga en etapas de la vida en las que nos sentimos impotentes y vulnerables ante un síntoma (físico, psíquico, espiritual). Lo que nos incita a tener un primer contacto y descubrir el yoga es un estado de vulnerabilidad e impotencia; llámese “dolor de espalda”, “ansiedad”, “falta de sentido vital”, “insomnio”, “stress”, etc… ¡Cómo si cuando nos sentimos en armonía con la realidad visible no fuésemos también vulnerables y nuestra vida no estuviera conectada con una “Razón” invisible!!!

Si el énfasis lo ponemos meramente en superar o trascender el síntoma, estaremos negando sin darnos cuenta, que hay un lazo significativo de unión entre nosotros y nuestros “síntomas”. Esta actitud de “superación” y por lo tanto negadora y heroica, no nos permite abrazar al dolor ni la dicha, sino que nos dispone a negar lo que hay. Donde hay represión no hay aceptación. Querer superar y negar una crisis supone a la vez negar la posibilidad de transformación.
Como decía al inicio: El Yoga nos permite darnos tiempo para el alma, para integrar y profundizar en las experiencias vitales y permitirnos elaborar interiormente nuestra vida, dejar atrás etapas y actitudes caducas y abrirnos al presente como semilla del futuro. Para ello primero debemos aprender a estar presentes en el cuerpo y sus ritmos, en la respiración y a la par iremos estando presentes en nuestra realidad anímica e interior.

Si lo que nos motiva al principio a practicar yoga es un dolor cervical, nos podríamos preguntar ¿Qué nos puede contar y que podemos aprender de las cervicales si las “escuchamos”?, ¿Qué demanda se manifiesta a través de ellas y sus síntomas? Si nos acercamos al Yoga porqué nos sentimos melancólicos, porqué nos cuesta dormir, porqué no podemos relajarnos, etc, tendríamos que poder estar abiertos a conectar con el sentido de esos síntomas más que a superarlos.

Por ejemplo, el Yoga nos puede ayudar a abrirnos al valor de la melancolía, al tesoro que se esconde detrás de esta manifestación del alma. Pero para ello habremos de aceptar que la melancolía (o cualquier otro síntoma), aparece a pesar nuestro y que no se trata de vencerla sino de aceptarla y poderle dar un espacio en nuestra vida como única forma de intuir la voz que se esconde detrás de ella.

La melancolía ¿acaso no nos permite cerrar, despedirnos, realizar el duelo a una etapa de nuestra vida que ya no tiene sentido para nosotros? ¿La melancolía no nos abre una puerta a la profundidad? ¿Es mala la profundidad? ¿La melancolía no es una estado del alma que ahonda en una renovada creatividad? ¿La melancolía no nos abrirá la puerta a una experiencia profunda de la espiritualidad? ¿No es un estado en el cual nada de lo finito y material nos colma?, ¿Por lo tanto no nos invitará a descubrir paralelamente a la dimensión finita de la existencia otra dimensión de carácter infinito y por lo tanto espiritual?

¿No me estará hablando a través de la melancolía una dimensión del alma que añora un hogar y un origen que no es terrenal sino celestial? ¿No es un estado de añoranza de un hogar que perdimos pero que sigue siendo nuestro auténtico hogar?, etc.

Pero ¿cómo vamos a descubrir el tesoro, el oro, que se esconde detrás de nuestros síntomas, si ante todo, lo que queremos es que dejen de molestarnos y que podamos vivir con los mismos valores con los que vivíamos antes de su aparición? En lugar de poder ser transformados por ellos buscamos ser nosotros los que trasformamos a los síntomas. ¿Que falta de humildad ante el alma!

No podemos acudir al Yoga como acudimos al médico alópata para que nos de una pastilla milagrosa de forma que desaparezcan nuestros síntomas. Esta actitud demuestra que negamos que haya relación alguna entre nuestras “patologías” y nosotros mismos.

Más bien podemos acudir al Yoga para recuperar una relación de intimidad entre nosotros y nuestros síntomas, para amarlos, aceptarlos, profundizar en ellos y dejarles la puerta abierta a que actúen como transformadores de nuestros valores, destilando la sabiduría que se esconde en su interior.