Traducción de Enrique Eskenazi.

En una carta a Paul of Middelburg, escrita cuando tenía casi sesenta años, Ficino rememora los grandes logros del Renacimiento Florentino: “Esta edad, como una edad de oro, ha vuelto a traer a la luz aquellas disciplinas liberales que estaban prácticamente extintas: gramática, poesía, oratoria, pintura, escultura, arquitectura, música y el antiguo canto de canciones con la Lira Órfica”. Naturalmente se refiere al talento, bien atestiguado, tanto suyo como de sus amigos, para improvisar o componer temas musicales para los Himnos de Orfeo, que él mismo había traducido del griego, y cuyo uso ritual en la práctica de la magia natural late en lo más íntimo del trabajo de Ficino en la Academia Platónica. Nada, dice Pico della Mirandola, es más efectivo en magia natural que los Himnos de Orfeo, si se aplica el estilo de música -y otras circunstancias- conocido sólo por los sabios.

Mucho de los amigos de Ficino reconocían una cualidad particular en su música, un don por el cual le llamaban Orfeo, el mítico músico del que se decía que podía transformar hombres, animales y piedras tocando la lira. El poeta Naldo Naldi afirma incluso que en Ficino había reencarnado el alma misma de Orfeo: “He ahí que doblega los rebeldes robles con su canto y su lira, y suaviza una vez más los corazones de las bestias salvajes”. Es empero en las palabras de su amigo Poliziano que comenzamos a percibir una significación mayor en la asociación de Ficino con Orfeo; el poeta estaba acostumbrado a escuchar los discursos de Marsilio sobre los secretos de los cielos, sobre la curación, sobre metafísica; “Con frecuencia”, dice, “su sabia lira conjura estos graves pensamientos y su voz entona la canción que brota bajo sus dedos expresivos, como Orfeo, intérprete de las canciones de Apolo … Entonces, cuando ha acabado, regreso a casa arrastrado por el furor de las Musas, regreso a la composición de versos e invocando extáticamente a Febo toco la divina lira con mi plectro”. En otra parte el poeta concluye que “la lira de Marsilio… más exitosa que la lira del Orfeo de Tracia, ha traído de vuelta desde el submundo lo que es, si no me equivoco, la verdadera Eurídice, es decir la sabiduría platónica con su comprensión omniabarcadora”.

¿Qué es esta sabiduría del submundo que el Orfeo clásico fracasó al intentar traerla a la luz del día, y que ha renacido en la Florencia Renacentista por el sonido de la lira de Marsilio? Para comenzar a responder a esta pregunta, debemos viajar por la historia hasta la Grecia del siglo VI A.C. o antes, al tiempo en Orfeo emerge por primera vez en la mitología. Desde Tracia o las regiones del norte aparece como una figura de chamán; alguien que viaja a las profundidades del submundo y conversa con dioses y espíritus, que conoce el poder del encantamiento y del canto para curar al enfermo e invocar el éxtasis, el divino éxtasis de la iniciación en los misterios. Algunos dicen que era un sacerdote de Dionisos, el dios de la intoxicación y de la generación, al que también conocemos como Baco. Dionisos también venía del norte con su séquito, los Sátiros y las Ménades. En una versión de la historia su madre era la diosa de la tierra Deméter; para los seguidores de Orfeo, era la hija de Deméter, Perséfone. Como fruto de estas diosas, Dionisos incorporaba la vida espiritual y física de la naturaleza, la pasión, la inspiración, la metamorfosis. Su destino era ser descuartizado por los Titanes para ser recompuesto en su totalidad por su abuela Rea -un mito que revelaba a sus seguidores el continuo flujo del cosmos, de la unidad a la diversidad, en tanto el Uno desciende a los Muchos, para ser restaurado en la unidad. La muerte y el renacimiento de Dionisos se representaba en sus rituales; era cuidado por sus mujeres salvajes que, en pleno frenesí, eran inspiradas por su espíritu. Esto estaba lejos del culto de los dioses Olímpicos en su “perfección luminosa” – lejos de la mirada elevada, desapasionada del Apolo ateniense. El adorador de Dionisos no era un mero mortal en contemplación de lo divino; devenía el mismo dios. Dionisos y Apolo parecen tener poco en común; sin embargo Apolo también había sido adorado a los portales del submundo, tal como el gran sitio oracular en Delfos, donde las sacerdotisas pronunciaban sus profecías desde la profundo de la tierra, y donde el dios Sol combatía a Pitón no para destruirlo, sino para absorber sus poderes divinos.

Ahora bien, Orfeo está íntimamente vinculado no sólo con Dionisos, sino también con Apolo – se le conoce como su sacerdote, profeta o incluso hijo. Pero una fuente antigua nos cuenta que sólo después de su descenso al submundo Orfeo comprendió que Apolo era el Sol, que comprendió que su sabiduría profética brotaba de las profundidades de la noche. La misma fuente cuenta que habiendo seguido al Sol a través de su viaje por el submundo, Orfeo escaló el monte Pangeon para contemplar la gloria de su ascensión. En un Himno Órfico a Apolo leemos: ” a través de la noche oscura, en silencio, en medio de la oscuridad estrellada, procuraste las raíces por debajo”. Apolo une así la oscuridad y la luz -es Dionisos-Apolo. Con las fuerzas unidas del entusiasmo Dionisíaco y la visión Apolínea, Orfeo hace su camino encantando a los gobernantes del Hades con su música, para traer de vuela la sabiduría de la noche al día. ¿Y qué aprendió Orfeo en el submundo? Que el alma humana es inmortal, y por eso es divina.

En los ritos de iniciación en los templos de Apolo, el iniciado se sometía a la transición de la vida a la muerte, debajo de la tierra durante tres días, en la consciencia de un sueño. Liberada del cuerpo, el alma se encontraba con Perséfone, la diosa del Hades, que pasaba juicio y comunicaba sus leyes mediante el oráculo y la profecía. Los seguidores de Orfeo y Pitágoras, que compartían ritos comunes así como el conocimiento de estas cosas, sabían que estas leyes eran las leyes eternas, leyes con las cuales los sabios gobernarían sus comunidades. Aprendemos de Diodoro que Orfeo mismo uso este conocimiento para aportar una nueva dimensión a los orgiásticos ritos dionisíacos; para elevarlos de la tierra al cielo. Ahora se hizo posible asimilar los poderes de los dioses no mediante los rituales sangrientos del sacrificio animal y el descuartizamiento, sino mediante una íntima experiencia espiritual. Orfeo supo esto después de haber visitado los portales de Hades, y lo enseño a los hombres mediante su talento con la lira. Se ha indicado que en las antiguas pinturas en vasos, nunca se le asocia con domar a las bestias salvajes -más bien, en un espíritu de pureza y paz, toca música suave a los salvajes hombres de Tracia. Podría haber sido un maestro viviente y un sacerdote de los misterios; ciertamente los rituales instigados por sus seguidores son los de las tradiciones de los misterios que enseñaban sobre el juicio después de la muerte, la reencarnación y la eventual liberación del ciclo de muerte y renacimiento. Pero fuera lo que fuera lo que significaba para los antiguos Órficos, para los hombres del Renacimiento emerge como un civilizador, un reformador, inclusive un redentor, renovando los impulsos religiosos de los griegos con un fervor espiritual, una fusión de sobriedad e intoxicación, auto control y entusiasmo – abarcando sacerdote y artista, conteniendo la clave para la salvación personal.

Con riesgos de una gran simplificación, podríamos decir en resumen que Orfeo llegó a ser interpretado como quien efectuó un gran cambio en la sensibilidad religiosa del Occidental. Parece enseñar que el alma individual puede liberarse de su identificación inconsciente con las fuerzas de la naturaleza a fin de conseguir conocimiento de sí misma, y así transfigurada encontrar unión eventual con el dios del cielo. En este contexto no es sorprendente que Orfeo fuera desgarrado -como Dionisos- por las Bacantes enfurecidas por su desprecio a sus ritos, por su reverencia al Sol y, según dicen algunos, por la exclusión de las mujeres de sus santuarios. Pero tal es el destino de los que roban el fuego de los dioses -los que se rebelan y cambian, para siempre, la relación de la humanidad con la divinidad.

La sabiduría que Orfeo trae al día, a la consciencia, se encarna en la figura de su mujer, Eurídice. El encuentro de la oscuridad y de la luz, el matrimonio secreto, era el misterio central del ritual órfico, y en las versiones antiguas del mito Orfeo libera a Eurídice, guía al diosa del submundo hacia la luz y se une con ella. “Caminé el oscuro camino del Hades confiando en mi cítara”, dice el Orfeo de la Argonáutica, “por amor a mi esposa”. Orfeo amaba; deseaba unirse con el eterno femenino, con la sombra desencarnada de Eurídice. ¿No es esta la verdadera naturaleza del amor platónico que, encendido por Eros, no desea nada menos que una unión de dos almas? Para la época de la narración clásica de Virgilio, Eurídice se había perdido. Orfeo falla y no obedece la orden de Plutón de no mirar hacia atrás, y ella regresa a las sombras. Ya no es posible desposar noche y día, oscuridad y luz. La oscuridad deviene, separada, ignorancia, mal, y Dios deviene luz radiante. Y en la oscuridad, el submundo, vive el eterno femenino. No puede redimirse mediante la lógica, o el empirismo, o la teología dogmática, o la ciencia natural. Pero se puede hallarse en la música, el arte, la poesía -en el reino de la imaginación. Puede ser rescatada y traída de nuevo a un mundo árido lleno de estériles debates teológicos y “abominable ignorancia” de lo divino, como dice Ficino. Y así, como Orfeo, Ficino la rescata -pero no del Hades. La suya es una nueva Eurídice, una Eurídice que brilla con la clara luz del conocimiento divino. Ya no incorpora los misterios de la noche, la sabiduría de Perséfone, sino que trae el Bien, la Verdad y la Belleza para alejar las almas de los hombres de sus preocupaciones terrenales. “No he cantado impíamente a Proserpina”, exclama Ficino,“sino que, al modo de los platónicos, he descrito el ascenso sublime del alma celestial”. Su Eurídice, su Filosofía, no ha residido en el submundo; “ Oh tesoro, la más preciada de todas las cosas, no producida desde las profundidades de la Tierra y Plutón, sino descendiendo desde el punto más alto del cielo y desde la cabeza de Jove!”

Para Ficino Orfeo era un venerable teólogo antiguo que aprendió los secretos de la inmortalidad del sabio egipcio Hermes Trismegisto y que los transmitió a Pitágoras, y así a Platón y a sus intérpretes neoplatónicos. Aún más importante, Orfeo desempeñaba un papel central en la transmisión de una sabiduría perenne que Ficino entendía estar plenamente desplegada en la revelación cristiana -una confirmación filosófica de la verdad religiosa necesaria para la salvación de la humanidad; y en efecto encontró en Orfeo un modelo para su propia aspiración a conducir a sus semejantes hacia un estado de ser más iluminado. El Orfeo de los Himnos, de la época órfica Argonáutica, era venerado por Ficino precisamente por dar voz a la divina verdad de la teología mediante una mitología poética – y por el canto de los himnos. En este sentido Orfeo proporcionó la clave para el platonismo cristiano de Ficino. Por ejemplo, al nombrar a Júpiter como el supremo principio creativo, el “comienzo, medio y fin del universo”, Orfeo demostraba su comprensión de una de las afirmaciones fundamentales de la teología antigua – que toda la creación es contínuamente regenerada en un interminable movimiento hacia la unidad: “todas las cosas fluyen primero de esa eterna fuente cuando nacen; luego fluyen de nuevo hacia ella cuando buscan su propio origen; y finalmente son perfeccionados después de haber regresado a su fuente”.

Como poeta, sacerdote, profeta y amante Orfeo encarnaba las cuatro condiciones de las que depende el conocimiento de dios, los cuatro frenesíes o locuras en las que el alma humana es elevada por encima de su condición terrenal y logra posesión espiritual. En la comprensión de Ficino, el frenesí del poeta o del músico era el comienzo del proceso iniciatorio, el despertar del dormido recuerdo de la divinidad que llegaba a fruición en el rapto final de amor. Pero “cualquier locura”, dice Ficino, “sea la profética, la hierática o la amatoria, justamente parece liberarse como locura poética cuando da paso a canciones y poemas”. ¿Qué vemos en la locura de Orfeo sino una transformación del frenesí báquico? Las Ménades de Dionisos se han vuelto las Musas de Apolo, la iniciación ocurre no mediante la intoxicación de los sentidos sino mediante el fuego de la imaginación. Para Orfeo, y para Ficino, la función del sacerdote al conducir a la gente a reconocer su propia divinidad, era precisamente la función del músico, puesto que la música, al imitar o reproducir las leyes del cosmos en sonido, revela la verdadera naturaleza del alma a sí misma – que pertenece al alma del mundo. Pero la música de Ficino no era para los oídos de los gobernantes del Hades -era para las divinidades de la esfera celestial, y en particular aquellas divinidades a las que se dirigía Orfeo en sus Himnos.

En los Himnos Órficos Ficino hallo vehículos perfectos para lo que él llamaba magia natural, un proceso de colocar el alma humana en alineamiento con las armonías de los cielos y finalmente con Dios mismo, aunque Ficino difícilmente podía hacer esto de modo explícito. Compuestos en la era helenística bajo el nombre de Orfeo, los Himnos alaban los poderes del cosmos, con instrucciones para quemar el incienso apropiado, en una secuencia de epítetos a las deidades individuales. Muy temprano en su carrera Ficino había descubierto el poder mágico al cantar Himnos Órficos; poco después de cantar un himno al Cosmos, Cosmos mismo, es decir Cósimo de Medici le ofreció su patronazgo y una villa en la que trabajar. Un retruécano delicioso, pero más seriamente, pareciera, algo ocurría cuando los Himnos se ejecutaban en un contexto particular: cuando la emoción interna y el ritual externo estaban perfectamente alineados de un modo misterioso. “Nuestro espíritu”, dice Ficino, “está en conformidad con los rayos del espíritu celestial, que penetra todo de manera secreta u obviamente. Muestra una mayor afinidad cuando tenemos un gran deseo por esa vida y buscamos un beneficio consistente con ella, y así transferimos nuestro propio espíritu en sus rayos por medio del amor, particularmente si usamos canción y luz y el perfume apropiado a la deidad, como los himnos que Orfeo consagró a las deidades cósmicas”. ¿Y por qué son tan poderosos los himnos? Porque, dice Pico, en ellos Orfeo “entretejió los misterios de sus doctrinas con la textura de las fábulas, cubriéndolos con un velo poético”, a fin de que al no iniciado les parecerían “puras fruslerías y cuentos“.

¿Qué sabía Orfeo sobre la música y la poesía, cuál era el secreto preservado en sus Himnos? Para Ficino y Pico, tocar los himnos era alejarse de la conciencia cotidiana hacia una percepción espiritual de la realidad. No entenderás la esencia de los Himnos, insiste Pico, a menos que sepas cómo comprender las propiedades sensibles mediante la analogía secreta. Sus maestros neoplatónicos conocían esto: Plotino nos dice que despertemos, demos la vuelta y veamos con ojos diferentes “que todos tienen pero pocos usan”; Jámblico nos asegura que el pensamiento conceptual o la filosofía teorética no conducen al conocimiento de los dioses; en cambio “la perfecta eficacia de obras inefables” y “el poder de símbolos inexplicables” lograrán “impartir la unión teúrgica”. De este modo la música, encantamientos, poesía, ritual, pueden fomentar el crecimiento de una manera diferente de encontrar e interpretar el mundo. Como lo describe Ficino, en su carta sobre el Divino Furor: “el alma recibe las más dulces armonías y números a través de los oídos, y por estos ecos recuerda y se despierta a la música divina que puede escucharse por el sentido más penetrante del alma”. Oyendo música terrenal, el alma recuerda la música de Dios y los cielos que una vez disfrutó, y “se enciende de deseo” de retornar a su fuente divina. El músico inspirado, de esta manera en rapto, comunica la “razón interior” de la divina armonía al oyente, que se mueve en resonancia simpatética con el intérprete. De modo que cuando Ficino cantaba himnos a las deidades cósmicas, no era cuestión de invocar intencionadamente un espíritu o un dios. El objeto era sintonizarse uno mismo, como una cuerda en una lira, hasta que el propio espíritu resonaba en unísono con el principio arquetípico buscado. Al ejecutar música que correspondía específicamente en cualidad a Venus, Júpiter o el Sol -y Ficino describe tales cualidades en su Libro de la Vida- el mago se transformaba a sí mismo en el perfecto medio para una presencia divina, y percibía esta presencia mediante un sentido intuitivo inmediato, un sentido innato al alma como una luz infusa por dios. De modo semejante en un plano más elevado, se seguiría que mientras más profundamente la propia contemplación de Dios Mismo permitiera a la propia alma reconocer su propia divinidad, más profundamente uno podría llegar a conocer a Dios. “Con frecuencia recurro al solemne sonido de la lira y al canto”, dice Ficino, “para elevar el alma a las más altas consideraciones y a Dios tanto como pueda”.

En los templos de Apolo tenía lugar una curación. Se decía que el iniciado escuchaba en un estado de trance la música de las esferas y se curaba. “Apenas sorprende” dice Ficino “que tanto la música como la medicina sean practicadas por el mismo hombre”puesto que están unidas en el poder de un dios. En las palabras de Orfeo, Ficino halló confirmada su propia vocación como sanador. “Orfeo en su libro de himnos”, nos dice,“afirma que Apolo, mediante sus rayos vitales, otorga la salud y la vida en todo y aleja la enfermedad. Mediante las cuerdas que suenan, esto es, sus vibraciones y poderes, lo regula todo; con la cuerda más baja, el invierno, con la más alta, el verano; y con las cuerdas del centro, convoca primavera y otoño”. La lira de Apolo deviene así un modelo para la armonía de todo el cosmos, uniendo el orden físico con el espiritual, el cuerpo con el alma. Al revelar al oyente o al intérprete las proporciones armónicas en su propia alma, mediante número y tono, la lira es una imagen tanto visual como audible de un orden secreto que se encuentra más allá del nivel de la percepción sensorial; una articulación de las relaciones ocultas entre diferentes niveles de realidad. Cuán sugerente es este fragmento de un escolar sobre Virgilio: “Algunos dicen que la lira de Orfeo tenía siete cuerdas correspondientes a los siete círculos del cielo. Varro dice que había un libro órfico acerca de conjurar el alma, llamado la Lira. Se dice que las almas necesitan la cítara para ascender”. Así la magia musical de Orfeo se refiere a nada menos que la redención del alma, y la clave para su efectiva operación es el deseo y la intención de Amor.

En el prefacio a su Comentario sobre el Simposio de Platón, Ficino susurra un secreto a su amado Giovanni Cavalcanti: “Hace mucho tiempo, querido Giovanni, aprendí de Orfeo que el amor existe, y que tiene las claves para el mundo entero…”. Era la clave del Amor la que abría, para Ficino, las puertas a la unidad; una unidad de percepción en la que no hubiera oposición de filosofía y religión, conocimiento y piedad, pensamiento platónico y cristianismo, Mente y Alma. Vio a Orfeo, sus Himnos, dirigiéndose a los dioses como principios cósmicos multifacéticos, de muchos niveles, cada uno reflejando la diversidad de la creación y todos representando aspectos de un único poder unificado -todos los dioses en cada dios, y cada uno en todos. O como lo dijo Pico, “aquél que entiende profundamente cómo la unidad de Venus se despliega en la trinidad de las Gracias, la unidad del Destino en la trinidad de las Parcas, y la unidad de Saturno en la trinidad de Júpiter, Neptuno y Plutón, conoce el modo adecuado de proceder en la Teología Órfica”. Así, “proceder órficamente” significaba adoptar una visión poética, una visión rica en mitología, símbolo, alegoría, metáfora. En efecto, Michael Allen ha indicado que “proceder órficamente era el único modo de acomodar las estructuras politeístas a la gramática profunda del monoteísmo”. Y el único modo de “proceder órficamente” era suspender el pensamiento lógico y abandonarse a Eros, el dios cuyas flechas provocan un agudo deseo de reconectar con la propia fuente, que conduce la mente a abandonar su habitual modo de pensar en causa y efecto y seguir el signo lleno de sentido. El amor es un mago, dice Ficino,“porque todo el poder la magia consiste en amor. La obra de magia es la atracción de una cosa por otra por razón de una cierta afinidad de naturaleza”.

La visión órfica de Ficino alcanzaría su culminación metafísica en sus meditaciones anagógicas sobre el Sol y la Luz, pequeños libros que arrastran al lector de la episteme a la gnosis, al darse cuenta de que al final, la fuente del conocimiento y el conocedor son uno y el mismo. En su carta La Comparación Órfica del Sol con Dios, Ficino explica que “es ciertamente en el Sol que se crea la luz visible desde la luz de la consciencia, y allí también se crea la vista a partir del entendimiento. Pues allí el entendimiento no es diferente de la misma luz de la consciencia, ni la vista de la misma luz visible”. Usando la analogía de varios colores emanando de la fuente unificada de pura luz, Ficino elabora lo que el llama el misterio órfico mismo -sentido de los colores unidos- percepción de su última esencia a través de la función mediadora de la influencia de la vista y la voluntad. “No están de modo alguno diferenciados a través de la absoluta esencia” dice Ficino, “pues allí todos los colores son una sola pura luz; pero se distinguen a través del poder de ver y mediante la voluntad, pues la luz ve y quiere el manar de la luz una en muchos modos a través de muchos objetos”. Así también los dioses juegan y danzan en una eterna emanación de energía divina, y así como los colores son percibidos por la vista de los ojos, son captados mediante el deseo del alma. La suprema visión órfica -los muchos en el uno- puede demostrarse más poderosamente por la unidad de los niveles literal, simbólico y anagógico de percepción en relación a Sol uno.

Esta es la base la comprensión de Ficino de la astrología, que juega una parte integral en su canto órfico. En la magia natural, las estrellas y los planetas no son observados como agentes causales por la mente objetiva, sino como símbolos mediante un tipo diferente de conocimiento, ese tipo que intuye la conexión del cosmos en todos los niveles y busca entrar plenamente dentro del juego de fuerzas en la creación. Al cantarle a Venus en “una hora astrológica adecuada”, cuando ella misma es visible en el cielo, o uniéndose al Sol o a Júpiter, el cantante está uniendo conscientemente las dimensiones internas y externas de la experiencia. Además, si el mismo cantante está lleno de intención, emoción y deseo, se hace receptivo a la influencia que desea. Si “aspiras vehementemente” dice Ficino en su Libro de la Vida, obtendrás mucho más ayuda de tu remedio. “Los árabes dicen”, continúa, “que cuando formamos imágenes adecuadamente [o hacemos música] nuestro espíritu, si ha habido intención en el trabajo y en las estrellas mediante imaginación y emoción, se une con el mismo espíritu del mundo y con los rayos de las estrellas” y además “sostienen que ciertas palabras pronunciadas con fuerte emoción tienen gran fuerza para lograr el efecto de las imágenes precisamente adonde las emociones y las palabras se dirigen“. Puede haber poca duda de que Marsilio dice esto también, y nos da reglas específicas para componer canciones de acuerdo con “las reglas de las estrellas”. Una canción que corresponde a los cielos, tanto en su imitación de configuraciones planetarias como en la “disposición de la imaginación” del cantante, afectará poderosamente tanto al ejecutante como al oyente. Ficino concede que es muy difícil saber qué tipo de tonos son adecuados para qué tipo de estrellas, pero tal conocimiento surge mediante una combinación de nuestro propio esfuerzo y un “divino azar” -cuando el ritual es perfeccionado, el dios aparece.

El mensaje detrás del canto órfico de Ficino es claro: no se adora a las estrellas, ellas no eligen actuar de ninguna manera; no se invoca a las deidades. Más bien el cantante refina y perfecciona su propio espíritu a fin de que pueda alcanzar una condición en la que naturalmente recibe los dones del cielo, libremente ofrecidos, y hace esto imitándolos. Las implicaciones teúrgicas de elevar el propio espíritu más allá del reino celestial a la condición de divinidad – de devenir dios- no son tratadas por Ficino en el Libro de la Vida -ya tenía suficientes problemas justificando su magia natural ante las autoridades papales. Pero reconoce que la oración actúa del mismo modo que las canciones, no mediante ninguna intención de adorar a una divinidad, sino en el poder completamente natural del lenguaje, la canción y las palabras para conectar con el reino espiritual. Los pitagóricos, dice Ficino, “solían realizar milagros mediante palabras, canciones y sonidos en la manera órfica”; conocían cómo curaba la música, y sabían que mientras más claramente se reproduzcan en sonido las leyes que gobiernan al cosmos, más efectiva es la curación. Al manifestar estas leyes, hablaban con una voz divina, no humana. Como nos dice Pico, “la naturaleza opera su magia primero de todo mediante la voz de Dios”, añadiendo “en magia una voz sólo tiene poder en tanto está informada por la voz de Dios”. Para Ficino, toda teoría y técnica musical debe ser en servicio a este fin, pues sólo a través de un conocimiento de la armonía puede el músico entender la equivalencia de tono musical e intervalo con las razones inherentes en la estructura oculta del cosmos, tal como la revela Platón en su Timeo. Ficino establece las reglas de consonancia en una carta a su colega músico, Domenico Benivieni, sobre los principios de la música. En su carta Ficino no sólo describe las cualidades particulares de las consonancias y disonancias que hace una escala musical, sino que encuentras las mismas cualidades en las interrelaciones de los signos zodiacales, extendiendo así la noción pitagórica de razones armónicas que gobiernan los movimientos y distancias de los planetas a las divisiones del zodiaco tropical usadas en la astrología tradicional. Por ejemplo, Ficino comienza “así como con las notas hallamos la segunda disonante de la primera, así aquí encontramos que el segundo signo es del mismo modo disonante respecto al primero. Pero luego el tercer signo, como si fuera el modelo de la tercera nota, contempla la primera constelación con ese aspecto amistoso llamado sextil por los astrónomos”. Naturalmente, está sugiriendo que el modo en que escuchamos la armonía musical es análogo al modo en que percibimos significado simbólico en el cielo; que los dos son manifestaciones de la misma ley cósmica subyacente. Así, la combinación de pericia musical y astrológica capacita a Ficino para llevar al oyente suavemente a ese nivel de percepción más allá del pensamiento conceptual y de la diferenciación donde una congruencia entre las dimensiones externas e internas de la experiencia puede conducir a un proceso de curación, un realineamiento del alma fragmentada.

Esto bien podría ser lo que el Orfeo original aprendió en el submundo; es ciertamente lo que Poliziano quería significar por la verdadera Eurídice -para Ficino y sus amigos sólo el modo platónico de comprender la realidad posibilitaba un conocimiento como propiedad del alma más que de la mente desconectada; un tipo de conocimiento simbolizado por el matrimonio de la filosofía y la poesía. Cuando cantaba sus canciones con la lira órfica, poseído de divino frenesí, Ficino sabía lo que Orfeo sabía. Pero a diferencia de Orfeo, no fue desgarrado por las Ménades. En cambio la brillante visión del platonismo florentino mismo iba a ser arrojada las profundidades del Hades por las fuerzas de la ignorancia y el miedo, a medida que las hogueras de las vanidades se encendían por el celo de Savonarola. Eurídice era desterrada al submundo, y pareciera que aún aguardamos su regreso.

Dejaré la última palabra a la apasionada estudiosa Edwardiana Jane Harrison, que en su Prolegomena a la Religión Griega sugiere, con característica penetración, por qué Orfeo asumió tal autoridad espiritual en el más íntimo santuario de la Academia Platónica de Ficino: “La religión de Orfeo es religiosa en el sentido de ser el culto de los verdaderos misterios de la vida, de potencias más que de dioses personales; es el culto de la vida misma en sus supremos misterios de éxtasis y amor. Son estos dioses reales, esta vida misma lo que los griegos, como la mayoría de los hombres, temían reconocer y enfrentar, temerosos incluso de adorarlos. Ahora y nuevamente un filósofo o un poeta, en el mismo espíritu de Orfeo, proclama estos verdaderos dioses, y pregunta asombrado por qué no se hacen sacrificios en sus templos”.