Coloquio dado por James Hillman (20 septiembre 2005, Emory University )

Traducción de Enrique Eskenazi

Pensando en este programa, me pregunto por qué estoy aquí. Y creo esta tarde que estoy aquí por una razón diferente de la que creía cuando pensaba en ello antes. (Risas) Estos últimos días, estas últimas tres semanas, estoy aquí por la imaginación estadounidense. Estoy aquí menos por la guerra y la paz, creo, que por este inmenso horror que es la imaginación estadounidense. La carencia de ella. Su fallo. Su ausencia. Y eso realmente es una especie de entumecimiento estético en el país. Y eso es lo que realmente me trae y lo que realmente me empuja.

Si no imaginamos, tenemos Irak. Tenemos Nueva Orleans. Tenemos irresponsabilidad criminal. McNamara dice “el fallo de imaginación”. McNamara, “La Bruma de la Guerra”, que dirigió el Ministerio de Defensa bajo Kennedy y luego bajo Johnson, la guerra de Vietnam: “Ahora podemos entender estas catástrofes como lo que fueron. Esencialmente los productos de un fallo de imaginación”.

Donald Rumsfeld, hablando sobre la sorpresa y su consecuencia, dijo “Se debe a la pobreza de expectativas -el fallo de la imaginación”. Y el director de la Agencia de Seguridad Nacional, Michael Hayden, dijo respecto a las torres gemelas “Acaso esta vez fue más un fallo de imaginación que la última”. Refiriéndose a Pearl Harbor.

El fallo de la imaginación. ¿Qué va mal con nosotros? ¿Qué es este fallo de imaginación? Keegan, uno de los grandes escritores de guerra, dijo que uno de los aspectos esenciales de la guerra es la crueldad deliberada. Crueldad deliberada, no la crueldad accidental -no la crueldad de los desaciertos y afines- sino la crueldad deliberada. Y esto es lo que tenemos cuando planificamos y no imaginamos.

Sabemos cómo planificar. Teníamos planes para Nueva Orleans. Planes excelentes. Pero carecíamos de la imaginación de lo que podía pasar. Esto es muy importante porque ¿adónde va a la escuela la imaginación en los Estados Unidos? ¿Dónde está nuestra posibilidad estética, artística, fantástica, especulativa? Eso es lo que falta.

Sabemos cómo planificar. Podemos planificar una bomba de extracción. Podemos usar grandes palabras como evacuación. Podemos hablar sobre el puente. Pero no podemos imaginar lo que ocurre en los corazones de la gente real.

Por ejemplo, puesto que Nueva Orleans está en la mente de todos, a la gente se le dijo que evacuaran -evacuación obligatoria- ¿pero alguien se imagina que no tienes el dinero para la gasolina? ¿O para un coche? Eso es imaginación, no planificación. Somos excelente planificando… pero ¿podemos imaginar?

¿Podemos imaginar las consecuencias duraderas de la guerra? Los desplazamientos de la gente. El desperdicio. Las vidas desperdiciadas. Las heridas que perduran después para siempre. Y el número de daños psíquicos después para siempre: la vida de cada persona, su cuerpo, su familia, su barrio, llevando las heridas. Todavía llevamos las heridas de Vietnam, profundamente, pesadamente, implacablemente.

Y algo más que debemos entender es que mando y control, fundamentales en nuestro modo de pensar, encargarse, mando y control- fracasaron completamente respecto a Nueva Orleans. Y claramente no están funcionando en Irak. De modo que uno tiene que pensar no cómo reforzamos y reconstruimos el mando y el control… sino ¿cómo re-imaginamos qué es esto? ¿Y por qué no funciona? ¿Qué falla respecto al corazón humano respecto a eso?

Ahora, yendo a la guerra -que es lo que creo que tenemos que hacer, nosotros que estamos aquí en parte por la palabra ‘paz’ en el título de este acontecimiento- , esto es, nosotros somos palomas en el corazón, queremos la paz, pero somos los que han de volverse a la guerra y pensarla en profundidad. Porque si no lo hacemos, le dejamos la guerra a los halcones. A los colegios de guerra. A los planificadores de la guerra. Se la dejamos a Kristal y a Wolfowitz y compañía. Se la dejamos a los belicistas si los que están dedicados a la paz, y añoran la paz, no ocupan sus mentes en la profundidad de la importancia de la guerra.

Tenemos que recordar ahora que Kant, Immanuel Kant, el filósofo, dijo que “el estado natural de los seres humanos es la guerra”. El filósofo francés Levinas dijo, “El Ser se revela como guerra”. Quizás estaba regresando a Heráclito en los comienzos del pensamiento occidental, quien dijo: “La guerra es el padre de todas las cosas”.

En otras palabras, estos son pensadores muy profundos que han dicho que la guerra es la primera cuestión… la guerra es la primera cuestión. Pensarnos a nosotros mismos en su verdad. En su realidad. Y si no hacemos este tipo de pensamiento, sólo podemos oponernos a la guerra -o buscar una salida a través de la guerra- yendo a la guerra.

Tenemos que ir a la guerra mentalmente. Y esa es la parte dolorosa del asunto. De manera que uno mismo, al sentirla e imaginarla, es herido por ella. No simplemente como espectadores de la TV, sino dándose cuenta de la fuerza arquetipal implacable, eterna de eso que viene… de que hay más guerras en la historia registrada que años en la historia registrada. El número de guerras -el hecho de que las guerras han estado con nosotros desde el comienzo del tiempo y siguen con nosotros a lo largo de este siglo. Incluso ahora, mientras estamos aquí sentados, hay no sé cuántas guerras llevándose a cabo en diferentes países del mundo.

De modo que como digo, la imaginación estadounidense está interesada en planificar, mando y control, y encontrar hechos. Pensad en Columbine, pensad en la escuela en Colorado. ¿Qué ocurrió con Columbine? Sellaron el lugar. Quitaron los agujeros de bala. El estudio de Columbine fue cuán pronto podríamos llegar allí -¿cuánto más rápido podría llegar la policía allí? ¿Por qué ocurrió esto? ¿Cuántos agujeros de bala había en las paredes? Se contaron todos. Se reunieron todos los hechos. Pero la imaginación de qué ocurría en los corazones de aquellos muchachos, ¿dónde está eso?

Sartre dijo: “Quien comienza con hechos nunca llegará a las esencias”. Eso es. Es llegar a la esencia de las situaciones. Los hechos no nos llevan a las esencias. Reunimos los hechos. Tenemos comisiones para reunir hechos en cualquier acontecimiento. ¿Pero imaginamos?

Y entonces la imaginación continúa subrepticiamente como teorías de conspiración. El asesinato de Kennedy fue tratado como investigación de hechos en el Informe Warren. Cada condenada posibilidad de cómo entraron y salieron las balas y pasaron por otra cabeza y así sucesivamente, se contabilizó y se registró. Tenemos todos los hechos. Pero no afecta a la imaginación, que continúa y continúa y continúa en teorías de conspiración.

De modo que mi alegato es por la imaginación. Ahora ¿cómo imaginamos? ¿Y qué es imaginar? No es simple el modo en que lo entiendo: es entrar en el corazón del Otro. Es una actividad en el misticismo islámico. Es una actividad del corazón. El corazón imagina. Eso no es simplemente “sentir” al Otro, tal como aprendemos en psicoterapia: empatía y simpatía y así sucesivamente, o kibbutz. Es incluso otra cosa que la compasión, porque no tiene tanto que ver con el sentimiento como tiene que ver con imaginar al Otro.

¿Podemos imaginar al Otro? ¿Imaginar al enemigo? ¿Imaginar lo que él y ella y ellos viven y piensan y creen?

Si pensamos en Irak, entonces tenemos que pensar: ¿por qué la insurrección? ¿Qué hay en el corazón de la insurrección? Y luego tendríamos que retroceder y pensar dónde estamos en relación con lo que hay en su corazón. No el temor en nuestro corazón, sino qué hay en el corazón de ellos.

Y si uno piensa en esto… se pone uno en ello… vemos nuestros hombres exponiéndose a terribles riesgos en las calles de Bagdad o Fallujah o Nejaf y así sucesivamente… pero imaginemos cómo se ven si uno fuera irakí. Estos grandes hombres con sus uniformes y sus piezas y sus equipos y su material. Hay una especie de insulto estético en una cultura que tiene un modo estético de mirar al mundo. Algo acerca de lo que ni siquiera sabemos. Ni siquiera conocemos los lenguajes. Tenemos una gran escasez de traductores. Todos sabéis esto; es noticia. Pero lo que estoy tratando de decir es que hay modos de imaginar cómo les aparecemos a ellos. No nuestras teoría, no nuestra política, no nuestros ideales, no es eso lo que quiero decir. Nuestra presentación estética, nosotros tal como somos: lo que eso es para otro.

Tenemos que pensar, por así decirlo, como antropólogos en un viaje de campo a fin de comprender cómo somos percibidos, viéndonos desde el otro lado, este es el tipo de imaginación que reclamo.

Y no quiero hablar aún de paz. Creo que ya aparecerá en nuestra discusión. Pero quiero decir algo acerca del amor y la importancia del amor en la guerra. Lo que con frecuencia hemos olvidado es el hecho de que amamos la guerra. Hay amor en la guerra entre los soldados, hay amor por la guerra: la marcha hacia la guerra, y hay el amor de la guerra misma. La guerra está enamorada de sí misma y quiere seguir y seguir y seguir… continuando…

Hay un cierto tipo de amor que pertenece a la guerra. Tiene su propio amor. Tiene su propia belleza. Y hay muchos ejemplos de la caridad, de la amabilidad, la nobleza de alma, el sacrificio por el otro. La relación de lo camaradas con el otro -estos colegas pueden ser hombres y mujeres, no necesariamente sólo hombres- y este tipo de dulzura emocional que algunos dicen que nunca habían sentido en otros momentos en su vida, salvo en medio de la batalla.

También sintieron miedo y horror y miseria, sí, no niego eso, pero lo que necesitamos recordar es que hay un tipo de amor allí que sobrepasa para algunos que han estado en ello, y con ello, sobrepasa todos los otros tipos. No quiero leer pasajes sobre eso, hay mucho de ello en mi libro llamado “Un terrible amor a la guerra”, pero está allí. Y hay una belleza, un amor por la belleza de la guerra que inunda a la gente.

Mientras la armada aliada avanzaba hacia la playas norteafricanas, Ernie Pyle, uno de los grandes escritores de la Segunda Guerra Mundial, escribió: “Hora tras hora permanecí en el carril, contemplando un casi sofocado sentimiento de belleza y el poder me envolvió”. Un miembro del equipo de Patton en Sicilia escribió a su mujer: “y hablando de cosas maravillosas, el punto álgido y quizás la vista más hermosa y satisfactoria que yo haya contemplado fue un bombardero enemigo estallando con sus ocupantes contra el lateral de una montaña. Dios, fue suntuoso.”

Ese es un sentido de la belleza que la gente no quiere aceptar: que se conmueven, que encuentran algo superlativo, sublime, en medio de la guerra. De modo que si no entendemos la atracción, si no entendemos la atracción de la guerra, continuaremos siendo inocentes. Y esta es nuestra adicción estadounidense: la adicción a la inocencia. Esa es nuestra única adicción. No es drogas ni marihuana ni nada de eso. Es la adicción a no saber. No querer saber. (Aplausos)

De modo que podemos hablar acerca acabar la guerra y tener paz, pero hay algo en el Dios de la Guerra que atrae. Marte siempre fue aparejado con Venus. Venus es belleza, atracción, seducción, encanto, placer… Y si no llegamos a eso, si sólo retrocedemos y decimos “la guerra es horrible, no puedo mirar”, permanecemos niños.

Así, hay muchos tipos de guerra y hay muchos tipos de amor. Y uno de los aspectos ha sido dicho por un filósofo francés, Foucault: “lo que la guerra ofrece es un máximo de intensidad y un máximo de imposibilidad a la vez”. Eso está muy cercano a una intensa experiencia estética, mística.

Máximo de intensidad. Por eso cuando regresan no pueden hablar sobre ello, porque estaban en otro plano, en otro estado. Un máximo de intensidad y un máximo de imposibilidad. Muerte y amor en el mismo momento. Eros y Thanatos en el lenguaje de Freud.

Y así el alistamiento para la batalle para algunos, y frecuentemente comunicado por muchos en diferentes culturas: un momento sumamente sublime, romántico. Comparable sólo con enamorarse en el sentido apasionado, sexual. En otras palabras, el aspecto Venus de la pareja Marte-Venus. La imaginación mítica que cautiva.

Ahora la tercera parte que quiero destacar es la guerra que trasciende las causas humanas.

Moderador: Tiene un minuto más.

Bueno, nos saltaremos eso. Iremos a otra cosa (Risas). Debería haber tenido dos minutos.

De cualquier modo, aparte del hecho de que es arquetipal, trascendente y como dice Barbara Ehrenreich, “la guerra sólo quiere una cosa: continuar”. Y por tanto es tan imparable y tan ingobernable. Quiere continuar.

Pero hay correas que se pueden poner al perro enloquecido y a eso creo que debiéramos llegar cuando tengamos nuestra conversación. ¿Qué correas humanas se pueden poner en lo que Shakespeare llamó “el perro enloquecido de la guerra”? Cuáles son las correas humanas -no las causas humanas- pero qué podemos hacer para moderarlo o mantenerlo en jaque.

Ahí está mi minuto. Gracias (Aplauso)