Como fundamentos para una Psicología Ecológica

(Este artículo está integrado por dos breves discursos: “Poniendo la mesa”, una charla dada en la la Universidad de California, en Sta. Barbara, 2000, y “Justicia y Belleza: Fundamentos de una psicología ecológica”, un discurso dado en Rimini, Italia, en octubre de 2001. Como un único artículo ha sido publicado en “City and Soul”, ed. Spring, 2006)

Trad. E. Eskenazi

Durante los últimos meses del siglo veinte el mundo moderno pasó por un ritual preparatorio. La presencia de lo impredecible, lo invisible amenazante. Llamamos a esta presencia “Y2K” y le dedicamos inmensa concentración y trabajo tedioso a los detalles de prevención. La imaginación se enfocó en lo que podría ir mal: catástrofe, apocalipsis.

El hecho de que nada ocurriera, que el anochecer y la mañana del nuevo milenio amanecieron y pasaron como de costumbre en cualquier otro día, otro año, otro siglo, sin incidentes, confirmó a la intelectualidad de la ciencia, el negocio, el gobierno y las academias, que podíamos confiar en la razón y la voluntad humana. La derrota de Y2K reconfirmó el triunfo de la mente occidental. No estaba “al final de su cordón” (H. G. Wells). La catástrofe apocalíptica era meramente un mito.

¿Podríamos arrebatar alguna derrota de las mandíbulas de esta victoria? ¿Podríamos sacar otra lección, diferente, de esa ansiedad de medianoche, los rituales preparatorios y la cuenta atrás de una noche de invierno?

Podríamos haber aprendido cuán inextricablemente interdependiente es el mundo para existir cotidianamente, que la maquinaria a la que hemos entregado los sistemas de sustento de nuestra vida pueden sufrir crisis masivas, que debemos dedicar más y más de nuestras vidas a sistemas de servicios que ni controlamos ni siquiera entendemos, pero de los cuales dependemos. Porque sin estos sistemas quedamos aislados en altos edificios, casas oscuras, frías, enmarañados en tráfico sin dirección, dependiendo de la amabilidad de extraños para la comida, el agua y el refugio, reducidos de golpe a esa condición que Hobbes (Leviathan I, 13) describió: “solitaria, pobre, repulsiva, brutal y estrecha”.

También podríamos haber aprendido que hay que atender a los “momentos señalados” del calendario. Pues el calendario es un instrumento divino, acaso adivinatorio, que se abre a poderes míticos, cuyos movimientos intenta registrar en números. El libro de planificación y la agenda semanal no pueden dejar fuera a los Dioses, los Feriados, los Días Santos, e incluso los mismos nombres de los días nos recuerdan sus presencias a lo largo de toda la semana. Su avance o su caída siempre es posible, y siempre son necesarios rituales que los reconozcan. Hemos estado más cerca del reconocimiento del poder del mito durante los últimos días frenéticos de 1999 que en la ignorancia triunfal de enero de 2000.

Durante el cambio de siglo la catástrofe aún estaba en el aire. Pero la catástrofe evitada no es la matanza del monstruo, y es en la presencia del monstruo y en el terror de impotencia que evoca que la psique arquetipal recupera su gran mito de creación, de supervivencia, y de una civilización heroicamente fundada.

La cuestiones que ahora enfrentamos en psicología se ubican en este periodo de calendario. Estamos “después de la catástrofe”, una frase que tomo de C. G. Jung. ¿Con qué cuestiones se enfrenta la psicología ahora? ¿Son sus fundamentos adecuados para esa temible medianoche? ¿Qué revisiones ha de soportar la psicología, en práctica y en pensamiento, cuando se mantiene ante la mente la catástrofe como la cuna a partir de la cual emerge la psicología de este siglo?

Los males y las situaciones que lo psicólogos presumen que son la divisa actual -familia, relación, espiritualidad, diversidad, violencia, género, consumismo, adicción, comunidad- son residuos de la última fase del último siglo. El lenguaje con el que encasillamos nuestros casos pertenece a un tiempo que ya parece extrañamente lejano: consciente e inconsciente, proyección e integración, ego y sí mismo, femenino y masculino, opuestos e integración, desarrollo y regresión, transferencia y contratransferencia- cuán profesional y técnico suena al oído, cuán cansado, gastado y marchito por el exceso de uso, y cuán lejos de comportar algo de la amenaza del monstruo, o alguna respuesta adecuada al poder que éste puede constelar.

Se requiere algo más grandioso, fundamentos de visión y de valor que ofrezcan validez universal, de otro modo la así llamada psicología profunda sólo removerá la superficie de nuestros jardines personales mientras “después de la catástrofe” está desplazando los entramados tectónicos sobre los que descansan nuestras propias tramas privadas. El monstruo exige que la psicología vaya más allá de sí misma, de sus técnicas, de sus modelos de pensamiento, de su lenguaje, especialmente su lenguaje, a fin de realizarse como defensora de la civilización, aventurera de la cultura y defensora del alma. Después de todo, la psicología profunda surgió en un punto elevado de la cultura de Europa central, con practicantes altamente civilizados y su nombre la proclama la defensora reflexiva de la psique.

Robert Sardello, Wolfgang Giegerich y Mary Watkins ya han visto la estrecha insuficiencia de la idea que la psicología tiene de sí misma: su obsesión con la subjetividad. Cada uno de ellos ha hecho una revolución importante: Sardello hacia el espíritu diferenciado, Giegerich hacia el pensamiento implacable, Watkins hacia la opresión social. Comparto con ellos una común incomodidad que se enciende hasta la pasión. Debiéramos liberar a la psique aprisionada de su confinamiento en su propia definición.

A la pregunta ¿qué es la psicología después de la catástrofe? mi respuesta consiste en retroceder, como lo hiciera el Renacimiento, hasta esa catástrofe que se llama psicología moderna. Ya topé con este movimiento hacia atrás, esta liberación de la cárcel, en las Lecciones Terry, “sugiriendo una base poética del alma y una psicología que no comience ni en la fisiología del cerebro, la estructura del lenguaje, la organización de la sociedad, ni el análisis de la conducta…” (1)

Si ahora ensoñáramos aún más esta sugerencia, podríamos llegar a otras bases para la psicología totalmente diferentes, más honestas con los deseos del alma y las necesidades de la cultura que los sentimentalismos de poca monta de la salud mental, las relaciones socorridas, el autodesarrollo o incluso el crecimiento en consciencia.

Un gran consenso de seres, sin tomar en cuenta su capacidad deliberativa y sus habilidades lingüísticas, sienten en diversos grados y estilos que este planeta, su hogar y el hogar de sus antepasados desde el comienzo, está ahora tan severamente amenazado que su viabilidad, y por tanto la de ellos, podría no durar otro siglo.

¿Qué papel ha desempeñado la disciplina de la psicología, en el sentido más amplio, en el progreso de este deterioro acelerado, y qué parte podría desempeñar para aminorar este progreso o, mejor aún, para alterar su curso? Creo que ésta es la única cuestión importante para la psicología hoy -psicología que aún atrae cientos de miles, si no millones de jóvenes estudiantes a lo ancho del mundo hacia claustros universitarios, laboratorios experimentales, e incluso a más números de todas las edades que buscan ayuda en clínicas, centros de asesoramiento y salas privadas de consulta de terapeutas de todo tipo. ¿Qué importancia tiene la psicología en el entorno, y puede la psicología volverse ecológicamente efectiva?

El récord no es estimulante. Aquí hemos de admitir que desde su comienzo en las universidades alemanas, asilos británicos y franceses y salas de consulta vienesas, la psicología tiene una tara fundamental. Entró en el mundo con un defecto de nacimiento. Llevaba la maldición ancestral del racionalismo cartesiano, que dividía el mundo en sujetos y objetos, mentes humanas conscientes y cosas materiales muertas. El mundo real no era provincia de la psicología.

La palabra compuesta “psyche-logos” declara que la psicología es el estudio del alma, y sin embargo desde la misma concepción de esta disciplina la psique ha sido confinada totalmente en lo humano, ubicada dentro de la piel humana, y se le ha negado la existencia en cualquier sitio fuera de lo humano. No sólo se ha identificado la psique con la subjetividad humana y su interioridad, sino que también el logos de psyche, su método de estudio, ha sido limitado a y por el método científico. Una máxima antigua de la disciplina afirmaba: “Lo que existe, existe en alguna cantidad y por tanto puede medirse”. De este modo todo lo no mensurable fue expulsado de la existencia, y el método aplicable a la res extensa cartesiana, el mundo extendido de los objetos materializados, se volvió el único método admitido para el estudio del alma.

Limitada a una ciencia del sujeto individual personalizado, la psicología tal como se la concibió y practicó se ha colocado fuera del “dilema planetario”. Aislada por el espejo autoreflejante de su visión del mundo, la psicología es bastante irrelevante para la angustia que afecta al gran consenso. E incluso esa angustia y esos dilemas se internalizan en “problemas” psicológicos personales a ser resueltos aparte de su fuente en un mundo feo, injusto e insano.

El resultado ecológico de esta herencia es doble. Primero, la psicología es antropocéntrica. Su definición de consciencia, por ejemplo, declara imposible, per definitionem, que algo sea consciente salvo los humanos. El sí mismo es imaginado aún como una glándula pineal, una unidad atomística auto-cercada, ni inherente ni necesariamente comunal. El planeta es un lugar extraño, esencialmente nihilista, al cual es arrojado el individuo humano, extrañado y anómico.

Segundo, la psicología humano-céntrica fomenta un planeta desordenado, sin sentido y esclavizado. Al desgarrar al alma humana de su matriz en el anima mundi, el alma del mundo, esta madre de todos los fenómenos se vuelve un cadáver, reducida a mensura, disección experimental y canibalismo de las partes de su cuerpo. Ríos y rocas, flores y peces definidos como sin alma sólo pueden hallar valor mediante la evaluación humana. A lo largo de muchos siglos en nuestra historia y en la mayoría de las otras culturas, la idea del alma del mundo dota a todos los fenómenos de significado e intenciones inteligibles y les reconoce su propia interioridad individual. La profundidad del alma no yace sólo en nosotros, reside en la propia naturaleza del planeta.

Claramente debemos comenzar de nuevo. Necesitamos principios que comiencen no en la mente humana sino que sean dados a la mente con el mundo. Necesitamos imaginar una psicología ecológica que tome su punto de partida no sólo en los intereses humanos, sino en los intereses del planeta y los intereses de sus seres, a los que nosotros, los humanos, servimos con nuestras capacidades mentales. Esto es, no excavamos en nuestra filosofía, nuestra ciencia o nuestra teología en busca de principios, ni nos volvemos tan sólo a nuestra experiencia humana, sino que podemos intentar formular los principios que ya operan en el cosmos, fundando así el valor de todos los participantes.

Propongo tres universales para fundamentar la psicología después de la catástrofe: Justicia, Belleza y Destino. Cualifican más exactamente la “base poética del alma”.

No me vuelvo hacia la ciencia para hallar fundamentos, no busco principios de explicación sino de valor. Las explicaciones como complejidad, genética evolutiva, o la microfísica dan sólo un frío alivio. Tampoco son mis tres alternativas para o intercambiable con trinidades familiares como cuerpo, alma y espíritu; negro, blanco y rojo; fe, esperanza y caridad; lo bueno, lo bello y lo verdadero. Justicia, Belleza y Destino ofrecen universales de fuerza arquetipal, esto es, son recurrentes en el tiempo y ubicuos en el espacio, intra o transculturales, inmensamente fecundos; conjugan expresión emotiva y simbólica y son instantáneamente reconocibles en los asuntos cotidianos. Son universales sobre los cuales dependen y ansían prosperar las comunidades culturales y la dignidad humana. Sin ellos la existencia se vuelve Hobbesiana -repulsiva y brutal. Con ellos la psique se encuentra en un cosmos moral, estético e intencional, y la psicología se vuelve el estudio de los modos en que cualquier fenómeno, incluyendo los seres humanos, miden (dan la talla de) su lugar en el mundo.

Las mismas palabras -Justicia, Belleza, Destino- inspiran. Evocan ideales que no pueden ni definirse ni realizarse, y sin embargo señalan anhelos del poder motivacional sustentador de vida. Incluso en tanto que ideales, Justicia, Belleza y Destino ofrecen piedras de toque prácticas para evaluar la conducta de cualquier fenómeno; dónde pertenece; qué es, qué cualidades muestra; que está intentando cumplir. Y reconocemos primeramente la presencia de estos principios del modo usual -mediante patologías: la furia por la injusticia, la repugnancia por la fealdad y la desesperación por la carencia de sentido.

Mi fuente empírica para estos fundamentos es el sufrimiento, esa fuente perenne de la psicología profunda. No importan las ontologías que se ofrecen para fundar el campo de la psicología en la física, en la evolución, en espiritualidades, su punto de arranque efectivo es la queja, el desorden, el sufrimiento. Así como Freud buscó las bases del sufrimiento en principios arquetipales -Eros y Thanatos- más allá del caso personal, así el sufrimiento puede hallar entendimiento poético en la poesies de la tragedia. La tragedia es una palabra antigua para la bestia agazapada, lo que Yeats previó como “anarquía”, “la marea oscurecida de sangre”, “la oscuridad gotea de nuevo”, de La Segunda Venida. Nuestro sentimiento refleja tragedia, no energía, no la psicodinámica de los opuestos y las psicodramáticas de la lucha, sino lo trágico abonado con su correlativo, la comedia. Para vivir con el perpetuo nihilismo de la bestia agazapada siempre en el umbral, ha de haber algo de justicia, algo de belleza y algún sentido de destino.

La herida a la hubris humanista infligida por Nietzsche, Marx, Darwin y Freud no puede ser reparada ni por el mejor de los sanadores heridos mientras no sea reconducida a la universalidad de la tragedia, sugerida por Y2K, como la destrucción auto-infligida de la civilización debido al defecto de su hubris.

La idea de Justicia apenas si ha sido importante para la psicología, que ha procedido como si la Justicia pudiera ignorarse. Sin embargo la Justicia es el principio rector de la sociedad, acaso también del mundo natural, formulada como ley natural. Los griegos consideraron a la Justicia (Themis) fundacional. Era una gran diosa de la tierra, como Gaia a la que Zeus también debía obedecer. Yace en las raíces de la polis, la ciudad, haciendo posible la cohesión estructural, dando a cada cual su lugar adecuado, permitiéndole pertenecer pero no salirse de sus límites. El ostracismo, el destierro, la exclusión por transgresiones han sido desde antiguo castigos basados en la inclusión cohesiva de la Justicia.

La Justicia es inherente a la sociedad a fin de hacer posible la sociedad, e inherentemente necesaria para la supervivencia individual en la sociedad, de modo que la Justicia es inherente en la persona individual, y acaso en todas las criaturas, sustentando sus aspiraciones a una existencia mutuamente dependiente. La Justicia yace tan profunda, se siente tan innata -opera como un instinto. Las transgresiones saltan rápido al ojo, la injusticia apesta y sus heridas supuran mucho tiempo. El sentido de Justicia viene con el alma más nueva. El niño más pequeño grita: “¡Eso no es justo!”

La Justicia hace posible una sociedad inherentemente correlacionada de seres donde la mutua dependencia se base no en la mutua utilidad y el intercambio económico, sino en el puro hecho de la existencia participativa. Si todos los seres pertenecen, entonces todos son necesarios y útiles, y la justicia prevalece para cada uno y para todos.

La psicología se ha encontrado con la justicia indirectamente. Autoridad (empowerment), derecho (entitlement), victimización -pierden de vista la dimensión arquetipal que revalúa estos sentimientos como reclamos éticos y políticos. Cuando la Justicia es fundamental, entonces la injusticia deviene un síndrome primario, quizás una categoría de diagnóstico, y un foco primordial de la terapia. La justificación de la propia vida se vuelve más significativa que su significado individualizado. La búsqueda de Justicia lleva a la psicología hacia la filosofía moral y política.

Y hacia la estética: le mot juste (la palabra justa). La Justicia insiste en el uso correcto del lenguaje, el gesto correcto, el ritmo que señala los requerimientos poéticos básicos de la psique. De todas las injusticias que la psicología debiera rectificar, la principal es hacer que sus palabras se adecuen al caso, y el caso es siempre el alma. Hacer las cosas justas -allí es donde convergen la ética y la estética, lo que ahora nos lleva a la Belleza.

“Divino realce del mundo terrenal” (2), esa idea neoplatónica de la Belleza abruma con su hermosa simplicidad! Divino realce -eso es lo que llega al corazón, nos detiene, contiene nuestro aliento, nos convoca, y puede brillar inesperadamente en cualquier cosa, en cualquier sitio, en cualquier momento. No es sorprendente que la palabra griega kalos (belleza) también tenga el significado de “llamar” (call). La Belleza llama: nos enamoramos, compramos el cuadro, la búsqueda inquieta por conocerse a sí mismo se desvanece a medida de que el conocimiento cede a la percepción y la apreciación. Una esperanza de alegría permanente es todo lo que uno necesita conocer.

Además de su poder de llamado que atrae hacia el mundo, haciéndolo deseable y despertando nuestro amor por él, además del placer y la vitalidad que proporciona, la Belleza ofrece una ventaja como fundamento psicológico: se desvanece antes de ser capturada en el literalismo. Cuando se toma al Destino literalmente, se vuelve determinismo, y la Justicia, legalismo; así la Belleza tomada literalmente se vuelve esteticismo, programado o formalizado o simbolizado o kitsch. En tanto que un a priori, la Belleza permanece como diáfano realce de las cosas, no una cosa misma, y por lo tanto ideal, visionaria, enteramente inmanente. Los primeros principios deben permanecer prioritarios en todos los sentidos para que puedan representar prioridades de valor hacia las que intenta avanzar la cultura y que el alma anhela.

El deseo de Belleza, con sus efectos tan profundamente transformativos, su universalidad en la presentación de la naturaleza y la cultura humana del cuerpo, de la comida, del lugar y de las herramientas, por no decir ya las artes, cuya vocación es traer ese realce inmanente a la percepción sensible- ¿qué podría ser más fundamental? Es increíble que las psicologías de la profundidad y sus terapias permanezcan tan aisladas de estos hechos cotidianos. Por lo menos la anestesia de la psicología deja una cosa en claro: necesitamos cruzar la frontera, abandonar nuestra cautividad.

La falta de Belleza como hecho cotidiano, como condición clínica, también fue descrita por los neoplatónicos: “Si el alma tropieza con lo feo” dijo Plotino, “al momento se repliega sobre sí misma y reniega y disiente porque no sintoniza con ello y es ajena a ello” (3) ¡No me digan que la psicología arquetipal no es clínica!

Sobre el Destino hay poco que decir. No es simplemente el sentido mítico de la vida, que estemos a la vez encadenados y llevados por fuerzas que pretendemos entender. Su poder emerge en nuestra conciencia como necesidad -Ananké. Y esta necesidad arquetipal se traduce en un sentido de destino personal, en momentos de sentirse necesario. Algo se significa, algo se quiere y algo esta viviendo junto con mi vida, dando codazos, impulsando, a veces tomando la rueda y dándole otro giro.

A menos que se construya un sentido de destino en los fundamentos de la psicología, esta se vuelve esencialmente anémica, careciendo de poesies, esa fuerza imaginativa para ocuparse con la desesperación, la soledad a la deriva y el pánico que la psicología está llamada a encontrar. Sin una idea de Destino, la psicología le falla a su propio destino.

El estudio de estas fuerzas que fingimos entender, este proceso de investigación es lo que hace interminable la actividad de la psicología. Es una actividad de observación fiel, que trae la amplitud de los poderes míticos al pequeño mundo de la gentecilla que susurra en la hierba. Advertir, escuchar y apreciar: algo siempre está hablando. La observación se vuelve una diaria práctica de observancias. Así como una psicología fundada sobre la Justicia se vuelve ética y política, y fundada en la Belleza debe ser sensible y estética, así el Destino exige que la psicología sea observante, es decir, religiosa y animista.

Sugiero que estas tres ideas arquetipales pueden transportar la psicología a través del umbral aportando una visión que sustente a la psique ante la catástrofe, ya sea del entorno, tecnológica o apocalíptica. Como ideas más culturales que puramente psicológicas, tienden a impedir que la psicología se aísle como una disciplina de especialistas o una práctica profesional. Así como el alma no pertenece a ninguna provincia de la investigación, las ideas sobre las que descansa la psicología no deben ser provinciales. Esa ha sido la aspiración de la psicología arquetipal desde el comienzo. Después de todo la psicología profunda es sólo una manifestación -tardía, menor y principalmente occidental, opulenta y blanca- de la cultura. De modo que nuestra base ha de encontrarse en principios de la cultura, y la cultura siempre intenta articular su destino revelando la belleza y defendiendo la justicia.

Los psicólogos arquetipales siempre hemos sabido en nuestros corazones que nunca el sufrimiento se suaviza tanto y nunca se soporta mejor la amenaza de crisis que cuando la fealdad y la injusticia pueden evitarse, cuando hay un vislumbre de belleza, algo de justicia inminente, y cuando el destino da el valor de lo importante a un golpe de tragedia.

He intentado poner la mesa para el próximo umbral de la psicología como una “aventura de las ideas” (Whitehead) para una psicología basada en valores, ideas que posiblemente podrían servir para impulsar a la psicología en el terreno peculiar con sus picos y valles de un siglo aún desconocido.

Sostengo que estos principios son básicos para las culturas en todas partes porque son dados con el mismo cosmos, y en tanto que dados primordialmente, son garantes ecológicos. La tarea de la psicología es reconstruir su aprendizaje y sus terapias sobre estos principios primordiales, a fin de que el grande y ancho mundo y sus seres nunca puedan quedar fuera de su alcance. Porque la Justicia, la Belleza y el Destino no son meramente humanistas, religiosos, científicos o regionales, admiten muchos modos de implementación, y sin embargo trascienden toda implementación con un pretensión ideal de valor trascendental, inspirando el arte, la dignidad y el cuidado respetuoso, e incitando a una perdurable rectificación de la fealdad, de lo errado y de los hábitos perdidos. Porque precisamente la fealdad, el error y la falta de compromiso son las causas principales de un planeta sufriente, esa bola azul envuelta en un remolino, tan frágil, flotando en un mar de estrellas.

James Hillman

traducción Enrique Eskenazi

©2007

Notas

1. J. Hillman, Re-Imaginando la Psicología

2. R. H. Armstrong, “The Divine Enhancement of Earthly Beauties”, Eranos Yearbook 53 (1984), pp. 48-81.

3. Plotino, Eneadas I, 6, 2.