MANIFIESTO

En los albores de una sociedad sin rostro, donde la magia ya no es cosa de sabios sino de sofistas charlatanes, nace, como un rayo en medio de la oscura noche, una angustia que nos desborda. Alimentada por el odio y la ignorancia, la ansiedad se abre camino, como una cicatriz mal curada, en las entrañas de todo lo que un día fue sagrado.

Hoy, el hombre se encuentra sumido en lo más hondo de su interior, donde todo es negrura. Ha perdido toda fe en lo absoluto. Su crimen, empero, no queda impune. Y así, sin esperanza ni consuelo, responsable del más terrible asesinato jamás perpetuado, se ve inexorablemente arrojado al abismo, que en él nace y de él se alimenta. Toda luz que antaño hizo al hombre digno, toda esa ilustración que emancipó al hombre y lo sacó de las cavernas, permanece hoy sepultada bajo los escombros de la ciencia y la tecnología, que va engullendo, como un gigantesco agujero negro, toda la magia.

Ya no se escuchan las palabras que antaño los dioses nos regalaban. Algunos dicen que si no se escuchan es porque ya no hay dioses, porque ya no hay verdades, ni hombre, ni historia, ni luz, ni nada…que todo está perdido, que no hay escapatoria, que solo queda resistir.

Desde las altas esferas de la doxa y la ciencia, los que se hacen llamar “filósofos”, no hacen más que alimentar dicha creencia, afirmando que no queda alternativa, que todo esfuerzo será en vano, que la identidad se ha roto, que somos masas informes sin pasado al que atenernos ni un futuro esperanzador al que dirigirnos.

Ante ese panorama, muchos optarán por acatar y resistir, por dejarse llevar por el sonido embriagador de los falsos mitos y las leyendas burdas. El que así lo haga estará enajenado de su propia identidad y ya solo escuchará el son de la ciencia moderna y del consumismo occidental, cual marioneta sin vida. Como si de muertos vivientes se tratasen, éstos hombres andarán entre los cementerios de libros y discursos vacíos de toda trascendencia, atragantándose de palabras y vomitando opiniones que, de nuevo, volverán a engullir para alimentar su ego ya podrido.

Empero, el hombre que, haciendo uso de su libertad y su inteligencia, quiera recuperar la dignidad y vivir en paz consigo mismo, deberá entrar en lucha y no resignarse. Deberá atacar sus propios monstruos, de frente, con valentía y valor. Deberá estar atento y agudizar el oído para encontrar la esencia que permanece limpia entre todo ese discurso disgregado, y deberá también ser capaz de crear nuevas esperanzas y nuevos horizontes, que abran paso a nuevos Dioses.

Nosotros, cronófagos, herederos de una humanidad en ruinas, asumimos, como personas libres que somos, toda la responsabilidad que implica llevar a las espaldas la mayor de las masacres acometidas: el olvido de lo sublime. Por ello, nos vemos en el deber y la obligación de hacer saltar la alarma y hacer saber, a todo aquel que quiera escuchar, que estamos dispuestos a luchar por una nueva, más auténtica y más humana, humanidad.

¡Compañeros, sublevemos el espacio y el tiempo! Dejémonos llevar por el ritmo estelar que marcan las pulsiones del alma inmortal del universo, porque, en ese dejarse llevar, en ese desvanecerse, está el devenir eterno, que nunca fue enteramente sepultado, que sigue latiendo esperanzador en cada ser humano y en cada estrella, desde el momento de su nacimiento. Despertemos al niño que sueña y miremos a través de sus ojos, con una mirada limpia y pura, los resquicios mugrientos de nuestro presente en ruinas para, de ese modo, poder reírnos de todo aquello y volver, renovados, a ser dueños de nuestro tiempo.

Carolina Martínez Bayerri

Diciembre del 2009