Para entender de qué trata la Astrología es preciso poner en suspenso la concepción del Universo como un mecanismo sujeto a leyes físicas y la del ser humano como un sujeto meramente biológico inmerso en una trama social.

Hemos de volver la mirada a una cosmogonía que permite vislumbrar un cosmos vivo, inteligente y animado -Anima Mundi-, en el que los planetas no influyen en el ser humano, más bien, le acompañan y hacen de mediadores entre su destino mortal y lo divino inmortal. Le ayudan en su necesidad de hallar un orden significativo en el laberinto de su existencia.

La Astrología no es una ciencia pues no pretende describir ni cómo es el Universo ni cómo es o funciona el ser humano. Constituye un lenguaje de imágenes pobladas por mitos, relatos y visiones que trasladan los asuntos mundanos a un marco universal y cósmico, y traducen las preocupaciones y problemas temporales revelando sus raíces eternas. Es un lenguaje destinado a cultivar una consciencia cósmica.

La referencia a un cielo en el que las relaciones que establecen los planetas entre sí y con el trasfondo abstracto de los signos del Zodíaco configuran un mapa orientativo, un texto significativo vinculado a mi existencia como individuo único y a la vez universal. Ofrece una gran esperanza, que consiste en sabernos conectados a un vasto esquema de orden. Un orden que contrapesa eficazmente la pequeñez e insignificancia a la que nos reducen las fuerzas colectivas instituidas en el orden social y el peso agobiante y desesperante que ejercen las circunstancias de la vida cuando son adversas y sobretodo cuando se nos presentan carentes de sentido, fruto del azar o de la ciega necesidad.

El cosmos astrológico abre puertas a un nuevo modo de habitar el mundo. Una morada que nos remite a nuestras raíces celestes, superadoras de todos los nacionalismos, esa hermandad con el cosmos que dignifica la existencia todos y cada uno de los seres humanos. El cosmos entero resuena y participa de cada existencia individual. Esto es un hecho palpable y demostrable para todo aquel que no se deje encegar por los fuegos fatuos de los prejuicios contemporáneos.

El menosprecio con que hoy se contempla a la disciplina refleja no tanto un problema de la Astrología como de la visión materialista y racionalista que resulta miope a otros modos de conocimiento, experiencia y verificación que están más allá de sus estrechos axiomas. Una visión que acaba siendo tan metafórica como cualquier otra pero que renegando de su propia condición condena a las otras precisamente por su misma condición de saberes metafóricos, simbólicos.

Por desgracia, muchos astrólogos han caído presa de la trampa positivista. Preocupados por el rechazo académico y ansiosos de ser reconocidos por el orden social, sueñan con transformar a la Astrología en una ciencia positiva más. Con unos postulados que afirman la influencia de los planetas en el carácter y el destino, y armados de estadísticas y cálculos aritméticos buscan mejorar los métodos predictivos de la ciencia de los astros hasta que algún día sea posible predecir el futuro con total exactitud, al igual que lo pretende todo ciencia empírica. En tal día, creen, se demostrará irrefutablemente la bondad de la madre de todas las ciencias.

Flaco error le hacen a la antigua disciplina, que precisamente por eso nada le debe a la visión materialista, más bien, al revés y a riesgo de parecer idealista, es precisamente la presencia y pervivencia de una disciplina que desafía todos y cada uno de los axiomas básicos de la ciencia positivista, la que ha de hacer, algún día, saltar por los aires toda pretensión de superioridad de la que hoy tan impunemente hace gala. En tal día el ser humano podrá recuperar su dignidad, adoptando como única carta identitaria, su carta astral, ese mandala cósmico que expresa su individualidad esencial, y como única patria, su morada celeste.