Notas de Thomas Moore tomadas de “A Blue Fire”.

Traducción Enrique Esquenazi

Las bases poéticas del alma

La psicología arquetipal no es una psicología de los arquetipos. Su actividad primordial no es comparar temas mitológicos o artísticos con temas semejantes de la vida. Más bien, la idea es ver cada fragmento de la vida y cada sueño como mito y poesía. Un ayuntamiento le solicita a Hillman que dé un discurso sobre su plan de construir un lago recreativo. Hillman comprende las inquietudes inmediatas, pero saca la cuestión de su contexto literal, y considera la necesidad que tiene esa ciudad de humedad del alma. No tiene una piscina de ensueños, dice. Tiende a concretizar cualquier fantasía que aparece. Hay poco nadar en la fantasía, no hay fluidez de imaginación, pocos placeres de auténtico mar afrodisíaco. El alma del lugar está reseca. Necesita un agua más profunda y sutil que la que pueda proporcionar un lago.

Toda la obra de Hillman – elaborar teorías, analizar la cultura, practicar terapia – presupone lo que el llama “una base poética del alma”. Esto es, una psicología arraigada no en la ciencia sino en la estética y la imaginación. Al tomarlo todo como poesía, Hillman libera la conciencia de su costra estrecha y dura de literalismo, para revelar la profundidad de experiencia. El alma, dice, transforma los acontecimientos en experiencias. Pero lo que se experimenta es imagen, no literalismo. La ciudad siente su falta de agua y literalmente trata de construir un lago. Sólo un alma poética podría penetrar ese literalismo y hacer un diagnóstico acertado. Esta visión poética es lo que Hillman entiende por psicología.

Este trabajo es denominado “arquetipal”, el adjetivo, entonces, porque busca en los acontecimientos las imágenes que originan significado, valor y todo el rango de la experiencia. Aspira a la profundidad, la resonancia y la textura en todo lo que considera. Para los antiguos filósofos griegos, “archai” son los elementos básicos que constituyen la experiencia. La psicología arquetipal emplea la visión penetrante de la imaginación para percibir aquellos “archai”, aquellas fantasías fundamentales que animan la totalidad de la vida. “Arquetipal” significa “fundamentalmente imaginal”.

Hillman sirve primariamente al alma preservando sus manifestaciones, y una de ellas es su deseo de entenderse a sí misma. La psique, dice, busca el logos, y ese el el significado fundamental de “psicología”. La metapsicología o la teoría, para Hillman, no es una búsqueda de significado más allá de la propia imaginería del alma; más bien es uno de los modos de la imaginación más propios de la psicología. También es poesía. Los conceptos e ideas psicoanalíticos tienen que escucharse como expresiones de la imaginación y leerse como metáforas. Y este enfoque opera una terapia de la psicología misma, recordándole a la psicología que no es una ciencia o una filosofía moral o una disciplina espiritual. Es una actividad imaginativa del alma.

Es por lo tanto no-psicológico el reducir las imágenes a conceptos. Al decir que las serpientes y los bastones son símbolos fálicos hemos sacrificado las imágenes. Cuando llamamos ánima a las figuras femeninas del sueño, hemos congelado esas personalidades en abstracciones. Más que constreñir las imágenes a volverse conceptos fijos y limitados, Hillman quiere que seamos nosotros los constreñidos por las imágenes. En lugar de interpretar un sueño, Hillman prefiere que el sueño nos interprete a nosotros. Este enfoque da absoluta prioridad a la imaginación sobre el ego con su entendimiento y sus aplicaciones. La idea de la base poética del alma es radical, alejando la conciencia de su heroísmo y acercándola hacia una postura más maleable y receptiva.

Gran parte del trabajo del análisis arquetipal aspira a salvaguardar y preservar las imágenes. El analista vigila esa tendencia a honrar sus posiciones interpretativas favoritas en lugar de las imágenes, en una persona o en una sociedad, esa tendencia a moralizar contra una imagen porque parece ir en contra de los valores establecidos o de los sentimientos confortables.

Dado que la imaginación es una actividad primaria del alma, la psicología tiene que ser cuidadosa en su enfoque del lenguaje. Hillman trata a las palabras como seres, emisarios, no como funciones o herramientas. Denuncia al nominalismo en todas sus formas – que hace que las palabra signifiquen lo que queremos que signifiquen. La psicología profesional está llena de palabras que ya hace tiempo han perdido su resonancia imaginal para volverse categorías vacías en las cuales comprimir la personalidad y la conducta.

Hillman va tan lejos como para decir que las palabras son personas. Ellas hablan, nosotros escuchamos. Las palabras tienen integridad, sus propias historias y personalidades. La imaginación vislumbra el alma incluso en nuestras palabras. Así, leer a Hillman es ya una empresa psicológica, casi terapéutica, porque saca al alma de sus convicciones fijas evocando sus fundamentos poéticos.

Ver la imagen a través de lo literal, es vislumbrar el alma. La percepción de imágenes es visión psicológica. En este sentido, “psicología arquetipal” es una redundancia. Toda psicología basada en la estética es arquetipal. La psicología puede tender al alma cuando el alma es percibida adecuadamente mediante la imagen. Por lo tanto, puede haber más psicología en el campo del arte y la literatura que en el psicoanálisis.

En un antiguo ensayo sobre la psicología del Renacimiento, Hillman tomó una idea de Marsilio Ficino, el platónico del siglo XV que ofreció una base filosófica inspirada para los pintores y poetas de su tiempo. ficino dijo, en la lectura d Hillman, que necesitamos una educación que vaya en contra de nuestras tendencias hacia el naturalismo y el literalismo. La obra de Hillman es en gran parte esta contra-educación, un giro a veces inquietante de la atención de lo que parece natural al territorio alternativo de la imagen. El literalismo, en cualquier campo o empresa, renuncia a su agarrón a regañadientes. Por lo tanto Hillman se adhiere a su contra-educación en psicología con obstinación y fuego, transformando las manipulaciones de la psique enfocada médicamente en una psicología como él la define: arquetipal, imaginal, estética y poética.

Muchos dioses, muchas personas

En un sueño contado con frecuencia, el soñador conduce por una autopista cuando el coche se desvía bruscamente hacia un atajo o una camino de tierra deteniéndose en un rincón o en un campo. Aparentemente no siempre es fácil adherirse a lo recto y estrecho, mantener la visión en un sólo sendero. Sin embargo hay ese sentimiento insistente de que lo correcto es “lograr el objetivo”, “tener una meta en mente y luchar contra las tentaciones de la dispersión”. Desviarse de la unidireccionalidad es, en la imaginería del sueño, una conducta desviada – “de-via”, “fuera del camino”

James Hillman, como es característico en él, encuentra una necesidad en el desvío. En lugar de hacer norma de la unidad del alma, describe a la psique como inherentemente múltiple. No emplea una palabra moderada tal como “policéntrica” o “multifacética” para esta multiplicidad. En su lugar toma una palabra de la religión y la mitología, “politeísmo”, lo cual sugiere una división profunda y esencial en el alma.

En su ensayo “Psicología: ¿Monoteísta o Politeísta?” Hillman ubica el politeísmo junto con las ideas de Carl Jung de anima y animus. Aunque raramente hace la afirmación, Jung sugiere una profunda división en la psique. Anima y animus son dos fuentes de significado y fantasía muy diferentes de, mucho más profundos que el ego, y muy difíciles de unir en “matrimonio” o “sizigia”. Hillman toma esta división hecha de acuerdo al género, y la abre mitológicamente más aún hacia imágenes de los dioses y las diosas. Para él, la mitología politeísta ofrece una excelente trasfondo metafórico para imaginar la psique en su multiplicidad.

Una psique politeísta no es lo mismo que un alma fragmentada. Algunos al oír del énfasis de Hillman en el politeísmo, se quejan de que su psicología es otra versión más de una fragmentación cultural más general, un trozo de astillamiento psicológico en el arte moderno, la vida y la política. Pero Hillman diagnostica la fragmentación cultural como el regreso del politeísmo reprimido. Cuando expulsamos la multiplicidad de nuestra propia auto-definición, nos condenamos a vivir y actuar la fragmentación en la sociedad. En la visión de Hillman, necesitamos una psicología que dé sitio a la multiplicidad, sin exigir integración y otras formas de unidad, y que a la vez ofrezca un lenguaje adecuado para una psique que tiene muchos rostros. El politeísmo psicológico de Hillman no invita a una vida de caos, sino a una existencia con muchos elementos que ascienden y bajan en importancia, que a la vez están en conflicto y encajan, en un rico contrapunto de temas y episodios.

El politeísmo psicológico no es disociación psicótica o relativismo moral, más bien lo contrario. La represión de la multiplicidad regresa bajo la forma de desintegración. El ego heroico, intentando esforzadamnte tenerlo todo junto, prepara una condición de fragmentación psíquica. Estamos tan habituados a valorar la integración y la unidad, que cualquier sugerencia de multiplicidad nos lleva a los extremos. El politeísmo, empero, significa “muchos” y no “cualquiera”. No es que cualquier cosa valga, sino que el alma tiene múltiples fuentes de significado, dirección y valor.

La psique no es sólo múltiple, es una comunión de muchas personas, cada una con necesidades, miedos, deseos, estilos y lenguajes específicos. Las muchas personas son eco de los muchos dioses que definen mundos que subyacen a aquello que aparece como un ser humano unificado. Las personas del sueño representan las muchas personalidades que tienen un papel en los dramas cotidianos de la psique. Una psicología politeísta observa cuidadosamente las relaciones entre las figuras del sueño, escuchándolas, otorgándoles a cada una lo que les corresponde, incluso a aquellas personas del sueño que el ego encuentra objetables y amenazantes.

Las imágenes de la mitología politeísta son ellas mismas terapéuticas porque ofrecen espacio a la variedad y conflicto del alma. Podemos imaginar las tensiones cuando primariamente tomamos una orientación que reconoce muchas direcciones diferentes en la psique. El prejuicio hacia el monoteísmo se estremece cuando encontra muchas tendencias en tensión y aspira hacia una resolución unificada. Una postura politeísta en cambio, contiene la tensión de tal modo que todas las partes implicadas encuentren la manera de coexistir.

El politeísmo psicológico, por lo tanto, no es sólo una cuestión de cantidades -muchos dioses y muchos impulsos- sino también de cualidad. Implica una vida que pueda abarcar direcciones en conflicto, que no recurre jerarquías y a principios estructurados para imponer orden. El ambiente psicológico de un punto de vista politeísta consiste en aceptar y ser receptivo a voces que difieren y que a veces alimentan el conflicto. La ansiedad que deriva de los esfuerzos heroicos por la integración, cesa en una situación de politeísmo. A la vez, el principio que guía al politeísmo es dar a cada figura divina la atención que requiere.

Un ego distendido que honra a los muchos, ofrece recompensas considerables. Encontramos vitalidad en la tensión, aprendemos de la paradoja, obtenemos sabiduría yendo a horcajadas de la ambivalencia, y ganamos confianza al confiar en la confusión que surge naturalmente de la multiplicidad. El signo de una vida animada con alma, es su complejidad y su riqueza de texturas. Los complejos del alma, por tanto, no han de ser simplemente resueltos, puesto que son el material de la complejidad humana.

Antes de intentar resolver un conflicto, Hillman insiste en que atendamos a nuestra creencia en el conflicto. En cualquier conflicto, usualmente yace un heroísmo secreto que disfruta con la lucha, o un mártir secreto que quiere se desgarrado. En un enfoque politeísta de la psique, los conflictos ya no parecen tan decisivos. Desde el comienzo, el tema del politeísmo consiste en honrar a todos los lados. La idea no es vencer o ser vencido. No hay un líder unificador y jerárquico.

En el contexto del politeísmo, es virtuoso no ser integrado y centrado, sino ser flexible, abarcador, tolerante, paciente y complejo. Las variedades de la experiencia no tienen por qué ser armonizadas. El equilibrio, la integración y la completitud, valores importantes para una psicología monoteísta, no tienen lugar en el politeísmo, que exige el ensanchamiento del corazón y de la imaginación. El alma politeísta está ricamente tramada y tejida. Tiene muchas cualidades de carácter y es el teatro donde se actúan muchas historias, y se reflejan muchos sueños

Práctica imaginal: saludando al Angel

Los lectores se quejan de que James Hillman ofrece poco en cuanto a métodos y técnicas. El mismo habla en contra de la imaginación guiada o dirigida, las técnicas de la Gestalt, la interpretación y aplicación de las imágenes a la vida cotidiana, las alucinaciones inducidas con drogas, y los tratados de simbolismo. Si bien es cierto que se buscará en vano algún manual que explique cómo trabajar con imágenes en la obra de Hillman, ésta proporciona sin embargo algunas guías precisas para elaborar imágenes y para preservar su integridad.

En la práctica arquetipal, es de primordial importancia la propia actitud hacia una imagen. Hillman dice una y otra vez que quiere salvar el fenómeno. “Adherirse a la imagen” constituye una regla de rigor. Esto significa no traducir las imágenes en significados, como si fueran alegorías o símbolos. Como él suele decir, si hay una dimensión latente en una imagen, es justamente su inagotabilidad, su profundidad. Aún los juegos más sutiles con una imagen pueden transformarla en un concepto o en un eslabón dentro de un grupo abstracto de una familia de símbolos.

Hillman también advierte que una imagen viene junto con una exigencia moral. La imagen nos persigue y obsesiona hasta que le respondamos de la misma manera. Puede sugerir una necesidad interna o una limitación, o puede exigir acción directa. Las imágenes son daimones que proporcionan señales del destino. En un clima de modernidad, la imaginación suele tomarse a la ligera. Confiar en las imágenes con sensibilidad ética pareciera promover la relatividad. Todo vale. Pero Hillman reconoce que hay una moralidad profunda, sutil, compleja, en el tomarse las imágenes en serio. Conocer la vida de la fantasía, es conocernos profundamente. Desde este tipo particular de auto-conocimiento que está más allá del ego, proviene un fuerte sentido de destino. En este sentido, la imaginación proporciona una sólida fundamentación moral.

Un tipo de fundamentación diferente, pero importante,surge también de las ideas psicológicas. La psicología moderna padece de un anti-intelctualismo debilitador. En lugar de ideas, confía en proyectos de investigación, estudios cuantitativos, catálogos simples y literalistas de enfermedades, y en una amplia variedad de técnicas. O bien va a la dirección opuesta, donde los sentimientos son los últmos árbitros morales. Una de las contribuciones radicales de Hillman a la psicología consiste en fundamentar nuevamente la psicología en ideas que tienen profundidad y textura, y en proponer ideas con pasión intelectual.

En muchos escritos Hillman ofrece “reglas” para trabajar con imágenes similares a las “reglas” que siguen los artistas en su trabajo. Estas reglas defienden la individualidad de la imagen y sin embargo la dejan hablar más alto de lo que resultaría sin este trabajo. Una regla, por ejemplo, es considerar todos los detalles y el contexto de una imagen. Si se ha soñado con una serpiente, esa serpiente no es idéntica a la que se apareció a Adán y Eva, aunque pueda estar relacionada con ella. Hillman recomienda que tomemos un enfoque “olfativo” hacia las imágenes, conociéndolas con la intimidad del olfato.

Parque tomamos la imaginación a la ligera, con frecuencia nos vemos tentados a fundamentar la imagen fuera de sí misma. Un sueño entonces adquiere su significado y peso de un recuerdo pasado o de un problema actual. Una pintura resulta de valor especial porque representa un mito clásico. Una obra literaria es premiada porque enseña una lección moral importante. En todos estos casos, la imagen sufre, es descuidada. Su propia presencia, grávida y llena de implicaciones, no puede sobrevivir a estos intentos de fundamentarla y reducirla.

Una imagen, dice Hillman, aparece como representante de un pandemónium entero de imágenes. La iconografía cristiana muestra con frecuencia el aire poblado de ángeles, pero sólo Gabriel anuncia a la Virgen el mensaje de decisiva importancia. Una imagen particular, advierte Hillman, es un ángel necesario que aguarda una respuesta. Cómo saludemos a este ángel dependerá de nuestra sensibilidad a su realidad y a su presencia

Terapia: ficciones y epifanías

La palabra “terapia” está cargada de connotaciones médicas, de modo que James Hillman la retoma para bañarla en fantasías etimológicas a fin de tener un sentido prístino de su naturaleza. Para los griegos, la palabra significaba “servicio, atención y asistencia”. Esta idea de terapia subyace profundamente en el modo que Hillman tiene de tratar los síntomas, los sueños y las imágenes. Los atiende y les sirve, aun cuando desafían o contradicen en gusto y las intenciones de la sociedad o de la persona que los presenta.

A esta etimología bastante familiar, Hillman le añade otra más curiosa. La palabra, nos dice, se conecta con la expresión “trono” y relaciona “terapia, con “silla””. Podría haber mencionado las antiguas imágenes de Asklepios (Esculapio), dios griego de la curación, sentado en su silla con su perro a sus pies. Y podría haber mencionado el famoso diván de Sigmund Freud. Aún hoy, la silla está íntimamente implicada en nuestra imagen de terapia. La silla sugiere reflexión, conversación, quietud, interioridad, apoyo, lo corriente. El terapeuta, dice Hillman, es como una silla que despierta proyecciones numinosas. Estas son algunas de las fantasías que surgen en la terapia. El paciente también tiene una silla – su propio apoyo, su propia identificación con Asklepios, su propia fuente de fantasía. Es una situación de mutua dependencia.

Hillman hace una afirmación que se destaca como un axioma: “La enfermedad (inquietud = disease) que la experiencia de la muerte cura es el furor por vivir”. En “Re-Imaginar la Psicología” Hillman dice que el alma tiene una relación especial con la muerte. Aquí encontramos la muerte integrando la terapia. El “furor por vivir” es la querencia unilateral por la vida que con frecuencia se ve acompañada de síntomas. El paciente quiere devolver a la vida su quietud y tempo anterior. Pero la terapia, cuando convoca al alma, trae consigo una dosis de muerte. Revela aspectos eternos de lo que parece ser sólo vida progresiva. Invita a la perspectiva profunda, de un submundo pleno de revelación pero también de desencanto para el ego que está apegado a la vida.

Hillman afirma otro axioma: “Hasta que el alma consiga lo que quiere, ha de enfermarse de nuevo”. El terapeuta atiende al alma, a los sueños y los síntomas, por ejemplo, a fin de encontrar qué quiere el alma. Se busca el mito en el síntoma. La terapia investiga la fantasía y el deseo. Hillman supone que incluso en la conducta sintomática hay señales del telos del alma, de la dirección de desea tomar. Un síntoma es una oportunidad así como un sufrimiento. El terapeuta tiene que encontrar su poesía y su forma dramática.

Hillman avanza también otro enunciado sorprendente: “Ser psicológico significa verme en las máscaras de esta ficción particular que es mi destino representar”. Aquí no buscamos un verdadero sí mismo, algún núcleo oculto detrás de las ficciones y representaciones de la vida. En cambio estamos buscando a las personas, los personajes que somos en los variados dramas del alma. El dios en este caso es Dionisio, divino patrón del teatro y del aspecto dramático de la vida. Las “bases poéticas del alma” devienen ahora “las formas dramáticas de la vida”. El terapeuta arquetipal actúa al nivel de la ficción. Siempre estamos en un episodio dramático, incluso cuando estamos analizando los dramas de la vida. Hay que advertir que Hillman no está haciendo meramente una observación pasajera acerca del psicodrama. Está acentuando el hecho de que ser psicológico es verse vistiendo las máscaras de Dionisio. Carl Jung dijo que psique es imagen. Hillman dice que ser psicológico es ser cabalmente imaginal.

La referencia al drama y la máscara también quita al ego del centro del cuadro. Hillman usa con frecuencia las metáforas de la alquimia o imágenes de animales para mostrar que la voluntad, la acción y la decisión están alojadas en el alma por naturaleza. Es innecesario recurrir a la ficción standard de la psicología respecto a un mando central llamado ego-consciencia.

Hillman presenta esta idea también de otra manera. En la terapia se advierte un movimiento de la historia de casos a la historia del alma, de las ansiedades y heroísmo literales al mito y al recuerdo perdurable. En lugar de un impulso ansioso para vivir la vida adecuadamente y amar suficientemente, toman preeminencia el destino y las cualidades y giros de la propia alma.

Algunos han visto en la actitud de Hillman los efectos de la madre positiva arquetipal, porque no considera a los sueños y conductas como algo equivocado o defectuoso. No siente que la psique “está persiguiéndote” o “haciéndote algo”. El llama a esta actitud “fe psicológica” o adhesión al alma. Al afirmar lo que es, sugiere que la psique descansa tan firmemente en las realidades arquetipales arcaicas de dioses, mitos, cultura y naturaleza, que los movimientos en el alma humana tienen intenciones en las que se puede confiar.

Desde el punto de vista de la terapia prometeica, cuya meta es burlar a los dioses en provecho de las intenciones humanas, la terapia arquetipal parece muy misteriosa. ¿Que se hace si no se está interesado en la cura, si se respeta a los síntomas? La respuesta es que el terapeuta y el paciente están demasiado activos en sus respectivas sillas, conduciendo los humores y fantasías del anima, buscando sus máscaras asignadas, incubando en los sueños, y entrando en los rodeos míticos de los episodios de la vida.