Artículo originalmente publicado por la Fundación C.G.Jung de España.

Estamos convocados en este paradisíaco entorno para tratar de un asunto, tan conocido como complejo, bajo el título “El escándalo del sufrimiento humano: cómo y quiénes lo fabrican”. Esta formulación nos obligaría a considerar sólo el sufrimiento escandaloso, esto es, ilegítimo, del cual pudiéramos situar con claridad, además, sus fuentes inequívocas y su génesis voluntaria. Según esta interpretación, deberíamos hablar únicamente de ese sufrimiento contingente, cuya autoría precisa nos permitiría tal vez una acción racional que lo evitara o compensara. En una palabra, hablaríamos del sufrimiento como objeto jurídico, referido al ámbito público de la experiencia individual, o en algunos casos como objeto médico, centrado en el dolor, ambos profusamente formalizados a partir de una abundante casuística.

Para la psicología, el sufrimiento es un dato fundamental en la constitución del sujeto, y su formalización u objetivación es terriblemente más compleja que en el Derecho y la Medicina. El sufrimiento está por doquier, tiene fuentes diversas, no siempre claras, y quien lo provoca, voluntaria o involuntariamente, coincide no pocas veces con quien lo sufre. Señalar algunos puntos evidentes de este entramado será mi tarea en las páginas que siguen.

Formas y contenido del sufrimiento

Conviene señalar, de entrada, que el sufrimiento es un estado subjetivo. Se experimenta individualmente según los significados que esas sensaciones tengan para cada cual. Exagerando un poco, puede decirse que sufrimos por cualquier motivo, independiente de poderlo comunicar o compartir. Incluso tenemos indicios de un sufrimiento inconsciente, que sólo podemos inferir tentativamente y de forma incierta. Por lo tanto, la objetivación del sufrimiento, por mucho que todos tengamos noción vivencial de su naturaleza, resulta de una complejidad sin cuento y debemos conformarnos con establecer algunas notas características, casi de sentido común, que sirvan como una red conceptual para delimitar el fenómeno.

En términos muy generales, el sufrimiento es todo malestar experimentado individualmente -aunque sea compartido. Como tal estado, es un proceso dinámico al que subyace la dialéctica entre bienestar y malestar en la biografía personal. Así pues, para entender las distintas presentaciones del sufrimiento resulta útil referirse también a las diferentes formas de bienestar que se le oponen y con las que alterna. En cuanto a la valoración negativa de ese mal-estar, implica un sujeto capaz de establecer juicios de valor, es decir, usar la función sentimiento.

Teniendo en mente el sufrimiento como estado psíquico que el individuo significa negativamente en función de sus vivencias de bienestar, he diferenciado cinco niveles experienciales que intentan ordenar la diversidad de los fenómenos caracterizados por el par bienestar/malestar. Esta delimitación quiere abrazar el conjunto de las formas del sufrimiento para situarlo en una lógica, específica para cada una de ellas, y en sus diferentes significados. Tales niveles son los siguientes:

1 – Cuerpo. Aquí se experimentan las sensaciones correspondientes al par placer/dolor

2 – Alma. En este nivel, el par correspondiente es serenidad/aflicción

3 – Espíritu. En este ámbito, el par viene definido como éxtasis/tormento

4 – Relación con el otro, expresada en los polos comedia/drama

5 – Relación con el Otro -orden simbólico-, al que corresponde el par verdad/tragedia.

Evidentemente, se trata de un artificio metodológico, discutible desde muchos puntos de vista, que sirve para establecer el contenido del sufrimiento, es decir, la representación que nos hacemos de su razón. Puedo así tener un dolor inobjetivable, como en la histeria o la hipocondría, vivir un drama interior sin relación externa o experimentar el tormento más allá de una agresión inquisitorial. Los contenidos, las representaciones emocionales, constituyen precisamente el objeto psíquico. En palabras de Jung, “la imagen es alma”. El sufrimiento se lidia aquí, en el lugar de la representaciones, cargadas de significados y emociones, que pueden ser diferenciadas y comprendidas. La atención cuidadosa al sufrimiento nos permite captar en profundidad nuestra posición ante la vida y, en el caso de verla infructuosa o inviable, transformarla en el sentido que nos señala nuestro propio carácter, aquello que somos desde el nacimiento, nuestra individualidad, retomando así el bienestar que se desprende de la adecuación a nuestra naturaleza propia.

El sufrimiento se revela un componente tan esencial de la vida como el bienestar, y su economía en la maduración psíquica es innegable. Basta pensar en la necesidad de experimentar el dolor físico para curar las enfermedades, o en la oportunidad que representa la aflicción para tomar decisiones liberadoras, o cómo el tormento se halla detrás de muchas reflexiones. Sin olvidar la evidencia de que el drama da forma a toda biografía singular y la tragedia a toda andadura colectiva. Sirva esta pincelada para recordar que el sufrimiento cumple varias funciones importantes, como establecer la objetividad y acicatear la creación humana, por ejemplo, y que su importancia depende del momento biográfico e histórico del individuo.

Todo sufrimiento es consecuencia de la frustración, sea de una necesidad, una demanda o un deseo, por usar los conceptos tan útiles de Lacan. Sabemos de las necesidades humanas -físicas, psicológicas, relacionales-, de los deseos construidos entre el ser y el no ser, de las demandas tantas veces imposibles de colmar. Así pues, encontramos diversas fuentes del sufrimiento, diversos tipos de sufrimiento (real, simbólico, imaginario, respectivamente), diversos abordajes, diversas conclusiones…

El estado psíquico que llamamos sufrimiento es en su aspecto emocional estrictamente individual, pero en lo que tiene de juicio de valor remite a la relación humana, pues no hay significados individuales sin el complejo juego comunicacional y sentimental que supone toda relación. Puede incluso decirse que no hay psique humana sin relación humana -como no hay psique en general sin relación entre diferencias. La relación humana es por otra parte el fundamento de la humanidad de cada cual.

Hay múltiples tipos de relación, en un arco que va del instinto -nacimiento, apareamiento, autoafirmación, conocimiento- al espíritu -educación, colaboración, antagonismo, creación. En la realización concreta de esa miríada de formas de relación el individuo va estableciendo los significados con los cuales determinar el valor de una vivencia personal según el registro bienestar/malestar. En esa adscripción de valor se trenza la trama de la vida de cada cual.

Saber que toda relación humana, tan importante, es necesariamente conflictiva, con grandes dosis de ambivalencia, puede servirnos para comprender uno de los focos principales del sufrimiento que nos impele a madurar. Pues es enfrentado estos conflictos como el sujeto se ve obligado a pasar de la omnipotencia dependiente del niño a la libertad relativa del adulto.

Siguiendo a Castilla del Pino, podemos diferenciar tres espacios básicos de la conducta humana: íntimo, privado y público. Los sufrimientos íntimos, relativos a uno mismo, se extienden, más allá del dolor causado por una enfermedad, desde la soledad radical consecutiva a la incomunicabilidad de la experiencia, ya señalada por santo Tomás, pasando por la conflictividad interna entre ideales y limitaciones hasta llegar a sus formas patológicas, en las que un sufrimiento legítimo (necesario, madurativo) se desplaza hacia una ficción sintomática que dificulta su elaboración.

Los sufrimientos propios del ámbito privado toman la forma del drama. Sean los anhelos frustrados por la conducta del otro, el desequilibrio entre eros y poder en una relación o la confusión que producen las proyecciones psicológicas en las relaciones, estos sufrimientos presentan un más alto grado de objetividad que los íntimos por ser mayor el nivel de intersubjetividad. Intersubjetividad fundadora de objetividad y que resulta máxima en los sufrimientos correspondientes al ámbito público, como los originados por las catástrofes naturales, la política entendida como administración del miedo o la economía como dominio de los intercambios mediante el control del mercado.

A partir de estas notas, que sólo quieren refrescar cosas sabidas y señalar la complejidad que reviste el sufrimiento humano, me centraré en la relación que guarda el sufrimiento con el poder.

Poder y sufrimiento

La impotencia es nota característica del sufrimiento. Sufrimos porque nos vemos embargados por él, porque somos incapaces de conseguir una situación objetiva o subjetiva que nos libre de él. La búsqueda de esa situación libre de sufrimiento es el gran acicate vital -expresado en todo ser vivo- y cultural, pues gran parte de la creación cultural, de la técnica a la religión, es una lucha por el bienestar y contra el malestar. Conseguir el bienestar es precisamente una medida de nuestro poder.

Aquí conviene señalar la diferencia básica entre poder personal y el poder político. El poder personal se apoya en el autodominio y el poder político en el dominio sobre el otro. El poder político excede la esfera específica de la política y se ejerce en toda relación, para bien o para mal. La dialéctica entre estas dos formas de poder establece el grado de salubridad social. Tanto su identidad como su máxima contraposición son destructivas y fuente de sufrimiento, pues con ello se rompería la diferencia fundamental entre individualidad y colectividad que hace posible el despliegue del individuo a través de una progresiva diferenciación respecto de lo colectivo -consciencia colectiva e inconsciente colectivo.

He definido el poder individual como autodominio, es decir, la capacidad de articular y hacer concordar emociones, representaciones y actos en una conducta integrada internamente y adecuada a la situación exterior. El autodominio se consigue mediante la educación (alo- y auto-) y la capacidad de enfrentamiento con los conflictos internos y externos. Es decir, el autodominio implica creación y conocimiento de nuestro límites, de aquello que nos define, limitaciones tanto como posibilidades. En último término, el autodominio es la medida de nuestra libertad, ese conjunto de responsabilidades que asumimos en función de nuestra capacidad instrumental.

Por el contrario, el poder político, dominio sobre el otro, responde a otros criterios y da lugar a situaciones mucho más problemáticas que afectan específicamente a colectividades más o menos amplias. Mientras celebramos el poder político civilizador, en el cual el dominio toma las formas de la enseñanza espiritual -relativa al sentido- o técnica -relativa al acrecentamiento del bienestar-, no encontramos satisfacción alguna en la crueldad que suele acompañarlo en cuanto violencia contra la libertad individual. La complejidad histórica enseña que civilización y destrucción van a la par según una dialéctica que tantas veces se nos escapa.

Sentadas estas premisas, podemos volver a nuestro tema: cómo se relaciona el poder con el sufrimiento, cómo la impotencia experimentada en el sufrimiento se transforma en poder. Pues si bien es cierto que sepultados en el sufrimiento nuestra efectividad se reduce proporcionalmente, también lo es que al sufrir se define con mayor agudeza la verdad de nuestro bienestar, la imperiosa necesidad de recuperarlo. Sea un bienestar íntimo, relativo al equilibrio físico y psicológico que nos hace poderosos, sea el bienestar grupal o social, relativo al equilibrio político que permite vivir en paz.

Como todo individuo se encuentra inserto en una colectividad, las influencias recíprocas entre poder personal y político tienen un papel fundante en la dialéctica bienestar/malestar. Del mismo modo que nuestra impotencia personal puede desplazarse hacia el poder político -proyectar sobre el otro nuestra sombra-, la impotencia política puede desplazarse hacia el poder personal -cargar al individuo con las responsabilidades del grupo. En términos más positivos, del mismo modo que alimentamos al grupo con las responsabilidades individuales que asumimos para su mantenimiento, también extraemos del grupo las capacidades instrumentales que delimitan esas responsabilidades.

Sólo desde esta perspectiva optimista puedo abocarme a la lectura de la situación política actual, tal vez una mera adaptación temporal de la dialéctica entre destrucción y construcción que revela el despliegue histórico de nuestra especie. Y que hoy tanto como ayer nos vemos obligados a encarar. La postura individual que tomemos es crucial.

Sabemos que una de las causas objetivas del sufrimiento es la dominación ejercida sobre los demás, en cualquier terreno donde nos situemos. La dominación es siempre prepotencia, esto es, terror, también injusticia, es decir, mentira, y genera inevitablemente victimización, una gran fuente de resentimiento. Hoy conocemos al instante cuánta prepotencia hay en las acciones políticas y económicas de los poderosos, así como en las manipuladas relaciones personales y sociales, en aras de un poder político que no es muchas veces sino impotencia personal. Los resultados están a la vista de todos. En el ámbito internacional, las tensiones crecen ante la atónita mirada de las buenas gentes. En el personal, las relaciones se crispan en una competencia feroz por el poder de decisión, exiliándose Eros. Confío en que todo descenso de dominación amplíe el poder personal y tenga efectos saludables y creativos.

Si la dominación es causa del sufrimiento, la tiranía, basada en el miedo, es el ejemplo más claro de su utilización. Es difícil encontrar hoy una comunidad libre de tiranía. Explícita o implícita, está enseñoreándose de la política nacional e internacional, de la economía y de las relaciones humanas. Las amenazas militares, económicas o personales revelan que el autoritarismo crece a costa de la autoridad, hasta llegar a confundirse toda autoridad con autoritarismo. La tiranía se propone como objetivo la destrucción de todo poder personal y hace de la violencia su razón primordial. El sociópata es el abundante tirano menor que puebla nuestro tiempo, un tiempo cargado de terror gracias a nuestros mandatarios paranoicos y voraces.

La extensión de esta situación nos alerta sobre el crecimiento del totalitarismo. El totalitarismo no ha terminado con el hundimiento de los fascismos negros o rojos, representados paradigmáticamente por el nazismo y el estalinismo, sino que se encuentra por doquier. El progresivo despojamiento de la individualidad a la que asistimos es el primero de los signos, apenas velado por un aparente individualismo atroz. La razón instrumental se utiliza contra la verdad, como transparentan las decisiones económicas, políticas e incluso personales. El victimismo, por último, constituye el núcleo de la ideología terrorista dominante -todo agresor justifica su agresión como respuesta a una imaginaria agresión ajena, sea un Estado o un particular en la sombra. Tales fenómenos -ataques al individuo, a la razón y al inocente- están difundiéndose a escala planetaria, destruyendo individuos, culturas e incluso la propia biosfera.

Ante esta situación, ilustrada día a día por los medios de comunicación, nos vemos compelidos a pensar en las respuestas que podemos dar a este horror. Respuestas que ante la enormidad de tal horror siempre parecen insuficientes aunque posiblemente están en la mente de todos, pero que conviene intentar definir si queremos enfrentarnos al sufrimiento. Por mi parte, quisiera señalar los siguientes: en primer lugar, frente a la queja ante la situación, creo que conviene celebrar lo Real, atender a todo aquello que, natural o social, revela el orden de la belleza, delimitada sobre el fondo de su contrario. En segundo lugar, me parece fundamental calibrar el aspecto conflictivo, la dialéctica de los opuestos, que se da en todo fenómeno visible e invisible, en contra del intento pueril de salvar sólo el polo positivo del conflicto. Por último, considero que el conocimiento, el respeto y el amor deben primar sobre la ignorancia, la violencia y el odio. Según seamos capaces de realizar esta tarea nuestro sufrimiento será un lastre o un acicate.

Está demostrado que encarar el sufrimiento no hace al individuo pusilánime y resignado, sino despierto y confiado. La psicoterapia revela a diario, más allá de sus múltiples formulaciones de Escuela, que comprender el modo en el que los hechos que vivimos van asociados al sufrimiento es una vía de conocimiento de nuestros presupuestos, tantas veces mero tópico, de nuestras miserias, tan comunes, de nuestros límites, que en la alquimia en que consiste toda transformación psíquica, van revelando el punto en el cual el individuo se siente dueño de sí, uno con su sí-mismo, sujeto al Tao en el centro de su mundo de acción.

El poder experimentado por aquel que sabe transformar el sufrimiento en una verdad sobre él y sobre el mundo, una verdad penosamente ganada que alimenta a esa alma, no por invisible intangible, que constituye el lugar de nuestra experiencia, es básico. Ese poder, que funda la libertad de quien confrontado consigo mismo ha sabido retomar su camino, es el más necesario, a mi entender, en este mundo cínico donde la mentira no esconde su rostro. Un mundo que día a día nos bombardea con la imagen de seres colectivos incapaces de marcar su senda, sujetos a las condiciones económicas y a la tutela del Estado, cuando no esquilmados por él, en perpetua huida tanto de las condiciones saludables (a lo que llamamos turismo) como de las insalubres (definido entonces como emigración). Un mundo colectivo de individuos intercambiables definidos por un poder ajeno.

Creo que los poderes omnímodos políticos y económicos, de una crueldad en el pensamiento y la conducta altamente llamativa, se construyen a partir de esos pequeños renuncios individuales con los que cotidianamente nos vamos acomodando a un ambiente opresor para evitar el sufrimiento que rápidamente nos sale al paso cuando el exterior se resiste a materializar nuestros sueños. La resignación, aceptada por el mismo “realismo” que justifica cualquier tropelía, el “pesimismo” de quien sólo se fija en sus carencias y no en sus capacidades, el “relativismo” que esconde el miedo a la decisión y sus riesgos, la “patología mental” que demanda en la pastilla una cuota permitida de irresponsabilidad son el resultado de no atender a la simple verdad que nos dice que la vida no existe sin el fracaso y el sufrimiento, y que lejos de negarlos u ocultarlos, más nos vale verlos aparecer, no para llorar compungidos por nuestra mala suerte, sino para fortalecernos al enfrentarlos, esto es, comprenderlos (reflexionarlos e imaginarlos).

La comprensión, como antes decía, de los presupuestos a todo sufrimiento, es una caja de sorpresas. Tallado en la oscuridad, aparece nuestro verdadero rostro, nuestro real poder, si somos capaces de no cerrar los ojos cuando acechamos nuestra sombra. Al contrario de lo que pudiera pensarse, esa sombra no es nuestra enemiga, sino el espejo donde el yo ve su propia orgullosa enemistad hacia sí mismo. Comprender cómo uno mismo va sepultando su poder personal bajo capas de actitudes defensivas permite desvelar ese poder tan necesario. Un poder que, oculto y reprimido, proyectamos en los demás, a quienes creemos fuente de nuestra impotencia, alienándonos así en el poder político, que crece a costa del personal.

Cuanto más sepamos acerca de nuestro poder personal, expresado en tantas y tantas conductas cotidianas, y más comprendamos la relación que guarda con nuestro sufrimiento, más difícil lo tendrán los tiranos, pues no hay mayor miedo que el que uno se tiene a sí mismo